Las nuevas formas de organización del trabajo en la Segunda Revolución Industrial

Historia

La mayor competencia entre los países industrializados y entre las empresas en la Segunda Revolución Industrial provocó que se ideasen nuevas formas de organización del trabajo para mejorar la productividad.

El fenómeno fue muy intenso en Estados Unidos, aunque terminó por extenderse al resto de países industrializados. El taylorismo y el fordismo consiguieron aumentar la producción y la productividad, reduciendo costes. Estos sistemas serían la base de la forma de trabajar en las industrias a partir de entonces, de ahí su importancia.

El taylorismo fue ideado por F.W. Taylor. Se trata de un método de organización industrial, cuyo fin es aumentar la productividad eliminando los movimientos inútiles de los obreros y optimizar el tiempo empleado, para así reducir los costes de producción. La producción se organiza en serie a través de la cadena de montaje, es decir, una cita continua por la que se desplazan los productos en fase de fabricación. El movimiento continuo de la cinta marca el ritmo de la producción, evita pérdidas de tiempo y sistematiza las acciones que deben realizar los trabajadores.

La aplicación más conocida del taylorismo fue realizada por Henry Ford en su fábrica de automóviles de Detroit. Allí aplicó la cadena de montaje para fabricar un gran número de coches a bajo coste. Empleó, además, una innovadora maquinaria y un gran número de trabajadores muy especializados, que percibían altos salarios para convertirlos en consumidores. Ford consiguió sacar adelante su famoso modelo Ford T, sencillo y barato, destinado al consumo masivo de la clase media norteamericana. Estaba naciendo el moderno concepto de consumo.

Completamos el estudio de estas nuevas formas de organización del trabajo con un fragmento de la obra de Henry Ford, Mi vida (1925), que es muy significativo e ilustrativo:

“Hoy, todas nuestras operaciones se inspiran en estos dos principios: ningún hombre debe tener que hacer más de una cosa; siempre que sea posible, ningún hombre debe tener que pararse (...). El resultado neto de la aplicación de estos principios es reducir en el obrero la necesidad de pensar y reducir sus movimientos al mínimo (...). El hombre no debe tener un segundo menos de lo que necesita, ni un segundo más (...). El hombre que coloca una pieza no la fija: la pieza no puede estar completamente fijada hasta que no intervengan más obreros. El hombre que coloca un perno no coloca la tuerca. El hombre que coloca la tuerca no la atornilla”.

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