El sindicalismo metalúrgico por la renovación industrial a finales de los años veinte

Historia

El sindicalismo de signo socialista no se dedicó exclusivamente a la lucha en favor de los trabajadores, ni a la asistencia social de los mismos, también planteó alternativas para intentar superar crisis económicas generales o de sectores productivos concretos. Este sería el caso de lo que defendió la sociedad obrera “El Baluarte” ante la grave crisis del sector metalúrgico en el Madrid de finales de los años veinte.

 

“El Baluarte” nació en enero de 1919, fruto de la unión de varias organizaciones previas de este ramo productivo, es decir, las Secciones de Obreros del hierro, los Broncistas, Modelistas y Moldeadores en hierro y Moldeadores en metal. Esta unión fue fruto de la propia evolución de este sector industrial que tendía a concentrarse.

El Sindicato, dentro de la UGT, pasó por momentos difíciles en sus inicios, con huelgas largas y divisiones, pero fue estabilizándose. A finales de 1927 contaba con 3.708 cotizantes, aunque había tenido más, pero también es cierto que en esos primeros años veinte la membresía fluctuó, entrando y saliendo del mismo muchos trabajadores. El Sindicato tenía, por lo tanto, un buen nivel de representatividad en el sector en la capital madrileña, ya que podía aglutinar al 60% de los trabajadores metalúrgicos. En todo caso, sabemos que en tiempos de la República se llegaría alcanzar más de siete mil afiliados, siendo uno de los tres Sindicatos de la UGT más potentes en Madrid.

Los oficiales aportaban una cuota semanal de una peseta, frente a los aprendices, que constituía la mitad. En caso de enfermedad o paro se rebajaba la cuota a 50 y 25 céntimos respectivamente.

Las cuotas se dividían en dos partes: una iba destinada la Sección de Resistencia (administración, propaganda y cotización a la Federación Nacional), y la otra para la Sección de Socorros, que se creó nada más fundarse el Sindicato.

Pero “El Baluarte” también realizó una fructífera tarea educativa, creando una Escuela de Aprendices.

El Comité del Sindicato Metalúrgico consideraba que la industria de la metalurgia madrileña estaba en crisis, especialmente en sus tres ramas principales: cerrajería, fundición y mecánica en general. Pero por “el movimiento que había”, parecía incomprensible que hubiera problemas. En relación con la cerrajería la crisis era más incomprensible todavía, ya que se estaba construyendo mucho en Madrid. No faltaban los buenos operarios, pero el problema se encontraba en la manera de producir, en el retraso tecnológico del sector, ya que en los talleres de cerrajería se seguía trabajando como hacía cincuenta años: con taladro y fuelle a mano, un tornillo y media docena de limas. El embutillaje y el estampando eran desconocidos, por lo que gran parte de la cerrajería venía del extranjero, de Bélgica, mientras muchos cerrajeros madrileños no trabajaban.

En las fundiciones, por su parte, ocurría un fenómeno parecido. Se estaba observando que en la capital se estaban instalando postes y columnas de hierro fundido que procedían de París, cuando había un coste por los aranceles y el transporte, y en España, además había hierro. Pues bien, la causa era la misma, el atraso tecnológico a la hora producir.

La situación de crisis se padecía también en los talleres mecánicos. En Madrid llevó a haber cinco fábricas de automóviles que habían ido desapareciendo. El análisis del Sindicato partía del hecho de que el personal técnico y administrativo de estas fábricas era en su totalidad extranjero. Al parecer, los pocos empleados o técnicos españoles que fueron entrando tuvieron que padecer una situación bastante complicada por el trato que recibían de sus compañeros extranjeros. Muchos habían terminado por marcharse o eran despedidos. Se criticaba en el análisis al empresariado español porque no se había preocupado por defender la formación de buenos técnicos y empleados en España. En todo caso, en este análisis no quedaban tan claras las razones del fracaso de las fábricas que terminaban por cerrar en relación con los otros dos sectores productivos, si el problema era debido al exceso de contratación de técnicos y empleados superiores de estos centros productivos. En todo caso, las fábricas cerraron, los patronos arruinados, y los trabajadores en la calle.

Ante los problemas de la industria metalúrgica madrileña, el Sindicato reclamaba varias medidas fundamentales, que suponían un intento importante de renovación productiva. En primer lugar, se reclamaba que el número de técnicos extranjeros rebasara un límite prudencial y que no ejerciera funciones directivas en lo que se refería al personal obrero. En segundo lugar, en los talleres de cerrajería anticuados, que no podían responder a las necesidades de la demanda, había que proceder a una profunda transformación de los mismos. Las fundiciones, por su parte, debían contar con material nuevo para que el esfuerzo de los trabajadores no se estrellase ante una organización productiva muy rutinaria cuando no deficiente. También se reclamaba que, por fin, se tratase de la higiene y salubridad en fábricas y talleres. La contratación de capataces o contramaestres, es decir, de los que entenderíamos por puestos de dirección o responsabilidad fuera reglamentada para terminar con el favoritismo, es decir, se defendía una clara profesionalización de estos empleos. Por fin, parecía necesario que el Sindicato fuera admitido en estas estas cuestiones para mejorar la industria, aunque no creemos que todavía se tratase de cogestión o control obrero, pero puede considerarse un precedente.

En El Obrero tenemos un trabajo titulado, “La asistencia social del Sindicato Metalúrgico “El Baluarte” de Madrid en los años veinte”, (abril de 2019). Hemos consultado el número 5924 de El Socialista, y el trabajo de Santos Juliá, “La UGT de Madrid en los años treinta: un sindicalismo de gestión”, REIS, nº 20, pp. 121-151.

 
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