Cesar Barona y el trabajo infantil en el tardofranquismo

Historia

César Barona (1913-1981) fue un destacado miembro del socialismo español en el exilio, especialmente en Argelia, y posteriormente en Francia. En este artículo queremos recordar un texto suyo, publicado en Le Socialiste, ahora hace cincuenta años, en mayo de 1972, donde explicó algunas de las ocupaciones del trabajo infantil en la España del final de la Dictadura.

 

El trabajo de Barona empezaba con una clara afirmación al referirse que en la España franquista era corriente explotar en el trabajo a los niños. Los padres que no tenían varios empleos o no podían trabajar horas extraordinarias, en alusión a los bajos salarios, como soluciones para poder subsistir, se veían obligados a “emplear su mujer e hijos para cubrir sus necesidades imperiosas” (no deja de ser significativo que el argumento sobre el trabajo de la mujer fuera del hogar fuera parecido al del pasado, una cuestión a tener en cuenta sobre las dificultades del movimiento obrero socialista en relación con el trabajo femenino, a pesar de los esfuerzos contra el paternalismo ya muy evidentes en el seno del socialismo español en esa época).

Barona explicaba que, en ciertas industrias, debido a la mayor “flexibilidad de los músculos” permitía a mujeres y niños manejar determinadas máquinas sin rendir grandes esfuerzos, aludiendo muy especialmente a la industria del vidrio, para las que se podían reclutar fácilmente en barriadas próximas a los talleres. Así ocurría en las ciudades del cinturón industrial de Barcelona, donde las fundiciones del vidrio se confundían con los edificios de viviendas (por nuestra parte, no debemos olvidar que en el pasado se reclutó a muchos niños en los ámbitos rurales del norte de España con destino a las fábricas de vidrio en el sur francés, padeciendo unas durísimas condiciones laborales, y que se denunciaron en su tiempo; en este sentido, contamos con algunos trabajos, que se pueden consultar en la hemeroteca de El Obrero).

Para entrar a trabajar en estas fábricas no se pedía requisito alguno, a lo sumo una partida de nacimiento, y permiso de los padres, pero poco más. La edad media de estos chicos era de unos catorce años, e iban a trabajar empujados por la necesidad en casa.

Otro sector donde había muchos niños en aquella España era el de la venta ambulante, y allí la edad podía ser hasta menor. Barona aludía a un tercer sector, el de los recogepelotas, al que calificó de curioso y contradictorio. Se explotaba el trabajo de los menores, pero también era cierto que podía ser cantera de futuros ases. En este sentido, debemos recordar que uno de los tenistas más destacados de nuestro país, ya fallecido, empezó así. También podía ser una especie de trampolín para trabajos más evolucionados, como botones, ascensoristas o ayudantes en una oficina, pero Barona no dejaba de recordar que era un trabajo de muchas horas porque dependía de los socios de los clubs de tenis, que en cualquier momento podían acudir a jugar. Los recogepelotas no sólo hacían lo que se expresa en su denominación, ya que también debían cuidar de las pistas de tenis, un trabajo que requería varias tareas, como pasar la estera, echar tierra, barrer la barraca y pasar el rulo. Ganaban entre cuarenta y cincuenta pesetas en propinas, siendo mayores en algunos domingos. Pero al cumplir los catorce años debían irse a otro lado. Algunas veces conseguían un empleo en la fábrica o en el despacho de un socio como botones, por ejemplo.

El trabajo se publicó en el número del 4 de mayo de 1972 de Le Socialiste.

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