El elogio fúnebre: un género literario olvidado

Historia

El elogio fúnebre es un género literario en desuso hoy en día, pero que fue cultivado en el pasado.

 

El elogio fúnebre es el discurso que se lee y que puede ser publicado con motivo de la muerte de una persona considerada como ilustre. En él se recuerdan los hechos y méritos de su vida y se manifiesta el sentimiento que produce su fallecimiento. Algunas de estas oraciones han merecido el descubrimiento de algunos literatos. En España contamos con el ejemplo muy conocido de Zorrilla con sus versos en el entierro de Larra en 1837, pero en general, no han pasado a la Historia de la literatura con mayúsculas como género. El elogio académico viene a ser una variante al poder ser un discurso en vida del elogiado. Pero estas son cuestiones terminológicas que no tienen una regla común.

Los primeros elogios se pueden rastrear en la cultura egipcia y en la Biblia. En las Sagradas Escrituras se sabe del que pronunció David por la muerte de Saúl y Jonatás. En Grecia era normal cantar a los héroes muertos y así se recoge en toda la literatura (Homero o Esquilo, por ejemplo) y en la propia historia como el elogio de Pericles a los atenienses que fallecieron en la guerra del Peloponeso. En la misma Atenas se instauró una ceremonia conocida como "epitafio" que conmemoraba a los que habían dado su vida por la ciudad. Pero va a ser en Roma donde va a florecer este género, dada la importancia que adquieren las cuestiones sobre el servicio público y la fama entre los ciudadanos de la República. Al principio tuvo un carácter más familiar: los parientes pronunciaban en los funerales el elogio del finado. Eran las laudationes funebres que se solían conservar en los archivos familiares. Cicerón criticó estos discursos porque, según su criterio, falseaban la historia y acumulaban honores no merecidos o inventados sobre el fallecido. También se dieron elogios con un carácter más público y se pronunciaban en el foro. Siendo cuestor, César exaltó las virtudes de su tía Julia y de su esposa Cornelia cuando murieron. Suetonio entresacó algunas de sus frases en su Vida de los doce Césares:

"Por su línea materna mi tía Julia desciende de reyes; por línea de su padre se remonta a los dioses inmortales. Pues de Aneo Marcio, del que proceden los reyes Marcios, es el linaje de su madre; es de Venus de quien descienden los Julios, que constituyen nuestra familia. Hay, por lo tanto, en ella el signo sagrado de los reyes que sobresalen de entre los hombres, y la veneración de los inmortales, bajo cuya potestad se encuentran los propios reyes".

En la época imperial se desarrollaron los panegíricos o elogios imperiales entre los que destaca el de Plinio el Joven sobre Trajano. Más tarde surgieron los Panegyrici Latini (del 289 al 389 d. C.), colección de doce discursos en honor de los emperadores de autores desconocidos o menores. Los panegíricos romanos son propios de una época en la que se había acabado la libertad republicana y en los que se pretendía exaltar a un emperador determinado. Podrían ser considerados el germen de los futuros elogios a monarcas absolutos para su mayor gloria y, que solían hacerse en vida de los soberanos. Otros subgéneros surgieron en torno a estos elogios no fúnebres: son las oraciones gratulatorias con motivo de enlaces matrimoniales regios o nacimientos de príncipes e infantes.

El cristianismo dio un marcado carácter pedagógico-religioso a los elogios, al vincular la vida terrena con la de ultratumba. Con el Renacimiento y, posteriormente con la Ilustración, precisamente dos momentos clave en la consideración del hombre como centro de atención prioritaria, se revalorizaron los elogios. Comenzó a ser normal que en las instituciones culturales de Occidente se leyesen estos elogios de sus miembros vivos o muertos. En los siglos XVII y XVIII terminaron por hacerse comunes en las distintas Academias europeas.

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