La Revolución Industrial belga

Historia

Gracias a una serie de factores y elementos que estudiaremos brevemente en este artículo podremos comprobar cómo Bélgica, que se independizó en 1830 estableciendo un sistema constitucional, se convirtió en una verdadera potencia industrial en Europa a mediados del siglo XIX, solamente superada por Gran Bretaña, la cuna de la Revolución Industrial. No es casualidad que Bélgica sea, a pesar de su inestabilidad institucional, uno de los países más ricos del planeta.

A pesar de lo reducido de su territorio, Bélgica contaba con importantes recursos naturales y un capital humano poco comparable al de otros lugares, fruto de una secular tradición de trabajo en todos los sectores productivos, y que se podría remontar a la propia Baja Edad Media. Su ubicación geográfica también debe ser tenida en cuenta, en una situación central privilegiada entre Gran Bretaña, Francia y Alemania, en un área de buenas comunicaciones naturales.

En primer lugar, hay que destacar la minería del carbón. Los principales yacimientos se encontraban en las zonas de Lieja y del Hainaut. Eso permitió un pronto y profundo desarrollo de la industria siderúrgica, que se basó en la tradición industrial de la propia Lieja y de Namur. Solamente hacía falta la nueva tecnología británica para darle el empuje necesario. Este hecho se produjo de la mano del inglés William Cockerill. Su hijo Juan montó en Seraing, en las cercanías de Lieja, una potente fábrica de maquinaria de alta calidad.

El otro gran motor de la Revolución Industrial, es decir el ferrocarril, se instaló muy pronto en Bélgica. En 1848 ya se contaba montada la red ferroviaria, mucho antes que cualquier otro país europeo continental. Los belgas se convirtieron en una potencia ferroviaria junto con los británicos.

Por fin, el capital, factor vital para las inversiones se encontraba bien administrado en un potente sector bancario, y que muy pronto se dedicó a invertir en el exterior.

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