De Hiroshima a Nagasaki pasando por Dresde

Publicado en Memoria histórica

En estos días que recordamos los bombardeos atómicos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, que precipitaron el final total de la Segunda Guerra Mundial, nos vienen a la cabeza, de nuevo, los horrores asociados a aquella contienda. Pero este artículo no va a abordar el espanto generado por el nazismo ni por los japoneses que, a pesar del auge del negacionismo, no va a ser olvidado nunca por el noble esfuerzo de los que persisten en el valor de la memoria. Ambos regímenes causaron el mayor dolor generado por el hombre de una forma consciente, sistematizada y con fines evidentes de toda la Historia de una Humanidad, aun llena de desastres desde la Antigüedad. No, hoy queremos acercarnos al dolor generado por las democracias en la guerra, un dolor más incómodo de reconocer, precisamente porque esas democracias lucharon sin descanso para superar la pesadilla totalitaria, para recuperar la civilización en Europa y Asia. Sin su esfuerzo no estaríamos aquí, o estaríamos en una situación harto distinta, e infinitamente peor. Nunca debemos olvidarlo, nunca.

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