Los demócratas en el siglo XIX

Historia

Los demócratas españoles surgieron en el seno del progresismo en el contexto europeo de la Revolución de 1848 y, por lo tanto, en el reinado de Isabel II. La “primavera de los pueblos” no tuvo el eco que despertó en el resto de Europa, aunque sí hubo motines, duramente reprimidos por Narváez, pero sí caló en determinados sectores políticos. Efectivamente, fue el momento en el que en la parte más radical del liberalismo se produjo un evidente debate, que tuvo sus conexiones con el naciente republicanismo y con el socialismo premarxista y hasta utópico.

 

La Década Moderada (1844-1854) supuso el definitivo establecimiento del Estado liberal en España en su versión más conservadora. El liberalismo doctrinario, de raíz francesa pero adaptado a la realidad española, había alcanzado el poder, que solamente sería cuestionado, aunque brevemente, en el Bienio Progresista (1854-1856), y luego en el Sexenio Democrático (1868-1874), que terminó con el reinado de Isabel II, para actualizarse en la Restauración borbónica de la mano de Antonio Cánovas del Castillo. El progresismo no parecía una opción capaz de combatir o arrebatar el poder al moderantismo de forma permanente, pero tampoco planteaba una nítida alternativa ideológica; a lo sumo, defendía una apertura hacia la pequeña burguesía en la participación política, pero sin llegar al sufragio universal masculino, realizaba una lectura más abierta del reconocimiento de los derechos individuales, y era partidario de una cierta disminución del poder de la Corona, pero sin una plena soberanía nacional. Ejemplo de ello había sido la propia Constitución de 1837, calificada de progresista, pero, en realidad con muchos elementos fundamentales del liberalismo moderado.

De los vientos más radicales de Europa y de la constatación de que no se profundizaba en las libertades dentro del Partido Progresista, un sector del mismo comenzó a movilizarse. En el año 1847 José María Orense publicaba un folleto titulado ¿Qué hará en el poder el Partido Progresista?, que supuso un avance en relación con el programa clásico del progresismo porque recogía aspiraciones democráticas como la abolición de las quintas, profundamente cuestionadas por el pueblo, además de las libertades completas de imprenta y de asociación, así como el reconocimiento del sufragio universal. En diciembre de ese mismo año Rafael María Baralt fundaba El Siglo. Periódico Progresista Constitucional. En su primer número se planteaba una clara apuesta por la democracia. En el grupo de los demócratas se estaban destacando también José Ordax Avecilla y Nicolás María Rivero.

Por otro lado, como ya hemos expresado, el futuro Partido Demócrata no sólo estaría compuesto por el ala izquierda del progresismo, sino que también conectaba con elementos republicanos y del primer socialismo. Estas distintas sensibilidades son importantes para entender a la nueva formación política porque terminarían por generar, con el tiempo, tensiones al poner cada una de ellas el acento en sus prioridades, como los aspectos relativos a las fórmulas de gobierno o la necesidad de plantear cambios socioeconómicos profundos con participación activa del Estado. La interpretación historiográfica sobre el origen y desarrollo del Partido Demócrata ha incidido en esta división como hizo en su día Eiras Roel, D. Castro y hasta Román Miguel, aunque mucho más recientemente, Florencia Peyrou ha matizado esta innegable heterogeneidad para defender que no están tan claras las fronteras entre demócratas del progresismo, republicanos “neojacobinos” de la época de la Regencia de Espartero, y socialistas utópicos de tendencia fourierista. La defensa de la democracia se configuró como un espacio donde podían confluir todos, al menos durante un tiempo, porque luego un conjunto de circunstancias provocaría, sin lugar a dudas, tensiones y enfrentamientos.

Todo el movimiento que hemos señalado provocó un debate en el seno del Partido Progresista. Los líderes del Partido, como Manuel Cortina, Juan Álvarez Mendizábal y Salustiano Olózaga, entraron en polémica con Orense, Ordax y Rivero. Todos estaban de acuerdo en su profunda crítica hacia la Constitución de 1845, el pilar del régimen político vigente, y elaborada exclusivamente por los moderados, pero la controversia se generaba en relación con el reconocimiento o no del sufragio universal. Los primeros consideraban que era muy temprano para plantear esta batalla porque el pueblo español no parecía estar preparado para asumir tal responsabilidad hasta que no se extendiese la educación (“instrucción”) y aumentase el nivel de vida. Este punto de fricción fue clave para la ruptura y el surgimiento del nuevo Partido.

El estallido de la Revolución en Francia, que derribó la Monarquía de Luis Felipe, estableciendo la Segunda República, convenció a los demócratas no sólo de la importancia del sufragio universal, sino de la necesidad de plantear el debate entre Monarquía y República, aunque, por el momento no se formularía en la práctica. Pero los progresistas, fieles a su programa, vieron con intensa preocupación la violencia de la Revolución del 48 en el país vecino, tanto en febrero como, sobre todo durante los sucesos de junio. En este sentido, nos parece significativo que Cortina manifestara que el progresismo era leal a la Monarquía y al orden público. El entendimiento era imposible, por lo que los primeros decidieron romper con el Partido y dar un paso más para crear uno nuevo, a través del Manifiesto del Partido Progresista Demócrata, que se publicó en el mes de abril de 1849, redactado por la “fracción democrática del Congreso”: José Ordax, Nicolás M. Rivero, Aniceto Puig y Manuel M. Aguilar.

El Manifiesto planteaba el reconocimiento y garantía por parte del Estado de los derechos siguientes: la seguridad individual, la libertad de expresión, la libertad de reunión y asociación, y el derecho de petición individual y colectiva. Pero, además, se planteaba el derecho a la instrucción primaria gratuita. Por otro lado, los demócratas defendían el derecho a la igual participación de todos los derechos políticos, pero también la equidad y proporcionalidad en el repartimiento de las contribuciones, así como en el cumplimiento del servicio militar. En esa misma línea estaba su defensa de la igualdad para optar a los empleos o cargos públicos sin más condición que el mérito y la capacidad, quedando excluida cualquier preferencia de nacimiento o privilegio. Por fin, defendían el juicio por Jurado, una de las señas de identidad del liberalismo más avanzado.

Por otro lado, no se planteaba la fórmula republicana, aceptándose “el trono hereditario”. No se cuestionaban ni la familia ni la propiedad.

Partiendo de esos principios, los demócratas querían construir un régimen político a través de la elaboración de un nuevo texto constitucional en Cortes Constituyentes, elegidas por sufragio universal masculino y directo. Otro avance tenía que ver con la retribución de los diputados, algo que el liberalismo más clásico no contemplaba, ya que solamente podían ser elegidos los ciudadanos con cierto nivel de renta. Muchas de estas conquistas tardarían mucho en llegar a España.

Los demócratas perseguían un modelo legislativo unicameral, sin Senado, que sería representación de la unidad nacional y de la unidad política de todas las clases del Estado, es decir, sin ningún tipo de representación corporativa o vinculada a nombramiento real. Por fin, el poder ejecutivo tendría limitadas sus atribuciones en relación con la convocatoria, suspensión y disolución de las Cortes, y sobre la sanción de las leyes, algo inaudito.

Los demócratas eran partidarios de la Milicia Nacional, el cuerpo creado por el liberalismo para la defensa del orden constitucional, y que siempre fue criticado por los moderados.

En agosto de 1849 el Gobierno concedió permiso para que los demócratas comenzaran a tener reuniones.

Bibliografía:

A. Eiras Roel, El Partido Demócrata Español, Madrid, 1966.

D. Castro, “Unidos en la adversidad, unidos en la discordia: el Partido Demócrata. 1849-1868”, y “Orígenes y primeras etapas del republicanismo en España”, en N. Towson (ed.), El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, 1994.

R. Miguel, La Pasión Revolucionaria, Madrid, 2007

F. Peyrou Tubert, “La formación del Partido Demócrata Español: ¿Crónica de un conflicto anunciado?”, en Historia Contemporánea, 37, (2008).

J. Vilches García, Progreso y Libertad. El Partido Progresista en la Revolución Liberal Española, Madrid, 2001.

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