Los consensos en situaciones límites: el caso de las Uniones Sagradas

Historia

Al estallar la Primera Guerra Mundial se produjo un fenómeno político interno muy similar entre los principales contendientes de ambos bandos. Las fuerzas políticas y sociales cerraron filas alrededor de la causa militar, considerada como común, aunque conviene tener en cuenta las peculiaridades de cada sistema político, ya que entre los beligerantes había democracias desarrolladas –Reino Unido y Francia- frente a otros sistemas autoritarios –Imperios centrales- y hasta una autocracia (Rusia). Estas convergencias supusieron un ejercicio exitoso del patriotismo frente al internacionalismo socialista, provocando una clara crisis en la izquierda.

 

Si comenzamos por las democracias, Francia vivió una clara convergencia de los partidos políticos a la hora de apoyar la guerra contra Alemania. Esta casi unanimidad estaba fundamentada en el profundo revanchismo que se había alimentado durante décadas por la derrota de Sedán y la pérdida de la Alsacia y Lorena, uno de los factores clave del antagonismo profundo hacia Alemania. Las formaciones políticas se agruparon bajo la “Unión Sagrada”, cuyo objetivo era salvar a Francia del considerado su peor enemigo desde los tiempos de Sedán, por encima de las claras divergencias ideológicas. En esta unión también estuvieron los socialistas, recién asesinado Jaurès por un fanático nacionalista y que tanto había luchado por el pacifismo. Por su parte, es significativo que los sindicatos no convocaran la huelga general contra la guerra.

Aunque en Gran Bretaña se produjo también una clara corriente patriótica y de unión ante la guerra, no se dio el mismo grado de unanimidad que en su principal aliado. Es cierto que la oposición conservadora frenó sus críticas hacia el Gobierno liberal de Asquith, pero dos ministros de dicho gobierno dimitieron y un sector del laborismo liderado por Ramsay McDonald se opuso con decisión a la entrada de los británicos en el conflicto.

En Alemania funcionó algo parecido a la “Unión Sagrada” francesa. Todos los partidos del Reichstag votaron los créditos de guerra, incluido el SPD, que no hizo ningún llamamiento a la huelga general. Los sindicatos y la patronal acordaron una tregua mientras durase la guerra. Solamente un sector de la izquierda, con Liebcknecht a la cabeza, mantuvo un radical rechazo al conflicto. En Alemania, las pulsiones autoritarias se acrecentaron con el estallido de la Gran Guerra. Los militares habían demostrado en el verano de 1914 su poder presionando al Gobierno para que optase por una política intransigente en la crisis internacional. A medida que la guerra avanzaba, el poder militar se hizo cada vez más presente en la vida política.

Las constantes tensiones nacionalistas que padecía el Imperio Austro-Húngaro se eclipsaron por un tiempo ante la guerra, surgiendo una especie de nacionalismo común desconocido hasta el momento.

Por último, en la Rusia zarista, el sistema político europeo más autoritario, la guerra también suscitó un inicial entusiasmo general. En la Duma se apoyó la entrada de Rusia en la guerra, aunque los mencheviques y bolcheviques se opusieron con energía, siendo detenidos algunos de ellos. Por su parte, la conflictividad social disminuyó considerablemente, reduciéndose el número de huelgas.

Cuando se vio que la guerra iba a ser larga y se empezaron a sufrir sus terribles consecuencias humanas y económicas, comenzó a resquebrajarse la inicial unanimidad entre las fuerzas políticas y sociales de cada país contendiente. En otros trabajos estudiaremos esta evolución política y social.

En 1915 ya se pueden comprobar los primeros indicios de cansancio en el seno de las opiniones públicas de los países contendientes al desvanecerse las promesas de una guerra corta, de una victoria para las Navidades de 1914. El nuevo año trajo consigo la constatación de que había que comenzar a prepararse para una guerra larga, costosa en vidas humanas y recursos económicos. En todo caso, se detectó más desaliento entre las tropas en el frente que en la retaguardia, más ajena al inicial sufrimiento. Las Uniones Sagradas siguieron funcionando. Curiosamente, Gran Bretaña donde no se había generado una coalición de poder en el momento inicial, tuvo su particular Unión Sagrada, al formarse en el mes de mayo de 1915 un Gobierno nacional, que siguió presidido por Asquith,  incorporando ministros conservadores, que fueron adquiriendo mayor poder, aunque el nuevo hombre fuerte del gabinete era el liberal del ala izquierda del partido, Lloyd George, el gran reorganizador de la industria militar y de guerra del país.

En el año 1916 las sociedades de los países contendientes recibieron el impacto directo de la guerra en sus hogares al comenzar a escasear los alimentos y productos básicos. La sociedad alemana sufría el bloqueo de los aliados, y las sociedades de éstos los embates de la guerra submarina de los alemanes. Pero, además, esa retaguardia comenzó a horrorizarse por la sangría constante de los frentes. Un remplazo seguía al siguiente, y cada vez muchachos más jóvenes tenían que dejar sus hogares y marchar a la guerra, y cada vez hombres más maduros en la reserva tenían que colaborar en el esfuerzo bélico. La propaganda política tuvo que emplearse a fondo para mantener vivo el patriotismo porque comenzaron a alzarse voces criticando cómo se estaba llevando la guerra y a favor de la paz. Los discursos políticos de personajes como el laborista Ramsay Mac Donald o el francés Caillaux, ya no eran tan excéntricos y se comenzaban a escuchar sus llamamientos contra la guerra. Por su parte, en Alemania una parte de la izquierda comenzó a movilizarse activamente contra la guerra, incidiendo en la crisis de la socialdemocracia. En este año, el sector contrario a la guerra del SPD fue expulsado del grupo parlamentario y del partido. Además se creó el Grupo Spartakus, destacando Rosa Luxemburgo, Clara Zetkin y Liebknecht en su propaganda antibélica.

En Gran Bretaña causó un gran impacto el paso del sistema de reclutamiento voluntario al obligatorio. Ante las críticas por la forma de llevar la guerra cayó Asquith y Lloyd George se hizo con la dirección del gobierno, un político con un nivel alto de popularidad desde que había demostrado sus dotes organizativas.

En Francia, la Unión Sagrada pudo durar durante gran parte de la guerra, dado que, a pesar de las innegables diferencias entre las fuerzas políticas, pesaba más el odio común al enemigo alemán. Poincaré dominaba la situación, pero la ausencia de resultados bélicos aceptables y los terribles sufrimientos que padecieron los soldados franceses en batallas de desgaste comenzaron a generar descontento, aunque habría que esperar a 1917 para que la Unión Sagrada se rompiese y se generasen importantes cambios en la dirección política del país.

Las siempre vivas tensiones nacionales en el Imperio Austro-Húngaro estallaron en 1916. Los checos y los eslavos comenzaron a cuestionarse su papel en el conflicto y su fidelidad a la doble monarquía. A finales de noviembre de 1916 ascendió al trono Carlos por el fallecimiento del emperador Francisco José, y tuvo que empeñarse en intentar frenar el malestar de los nacionalismos.

Mientras tanto, en Alemania el poder civil casi se eclipsó frente al militar, destacando las figuras de Hindenburg y Ludendorff. Los generales buscaban la total movilización y militarización de la sociedad alemana para ganar la guerra. Se impuso un sistema de total planificación económica sin parangón hasta el momento en la Historia.

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