Cuando Jean Jaurès desapareció del callejero de Buenos Aires

Historia

(Una interpretación del socialista francés por Alfredo L. Palacios)

 

La cuestión de la memoria histórica es constante en la historia, y con ella los conflictos en relación con la denominación de espacios urbanos. En este sentido, a finales de 1949 o comienzos de 1950, porque no estamos muy seguros, la Intendencia Municipal de Buenos Aires decidió borrar el nombre de Jean Jaurès de una de las calles de la capital. El Partido Socialista argentino protestó públicamente, protesta que fue recogida por una parte de la prensa. La nota recordaba la importancia histórica de Jaurès, pero también expresaba que mientras los responsables de esa medida caerían en el olvido, la obra y la figura del socialista francés seguirían creciendo con el tiempo, y algún día del futuro volvería a tener una calle en la capital argentina. Por nuestra parte, diremos que así es, aunque no sabemos en qué momento se recuperó el nombre. Efectivamente, Buenos Aires dispone de una calle dedicada a Jaurès que va desde la calle General Lucio Norberto Mansilla hasta la Plaza de Julio César Fumarola.

En este sentido, el ex senador y ex diputado socialista Alfredo L. Palacios, figura fundamental del socialismo argentino y, realmente de todo el continente americano, publicó en La Prensa un artículo con el título de Jean Jaurès, que El Socialista reprodujo en enero de 1950.

Palacios quería reivindicar la figura del socialista francés, enseñar al lector quien fue, en el momento en el que avisaba que desaparecía su nombre en la “nomenclatura urbana”, desde una visión muy personal del mismo.

Jaurès había sido “el más grande de los tribunos modernos” que quiso detener la guerra y cayó vencido. Había dedicado su vida a los trabajadores sin atisbos de sectarismo. No había querido que los trabajadores desertaran de la patria, sino que la sirvieran para engrandecerla, abandonando, en opinión de Palacios, el internacionalismo “abstracto y anarquizante”. Palacios opinaba que el francés había defendido que la patria y el proletariado constituían una unidad. Además, habría intentado conciliar el materialismo con el idealismo. Para Jaurès el estado democrático debía tener una función primordial de equilibrio y coordinación de las fuerzas de las distintas clases sociales sin poner vallas al pensamiento, sin perturbar la libertad de conciencia. No debía ser, por lo tanto, el Estado un bloque homogéneo, afirmaba antes de que apareciera el estado totalitario, no podía ser una especie de ídolo monstruoso e impenetrable que se dedicase a oprimir.

Contrario a la guerra animaba a la juventud obrera a seguir con celo la educación militar, en las sociedades gimnásticas y de tiro, y en las maniobras al aire libre, para demostrar que si combatían la guerra no era por cobardía ni por egoísmo. También pedía a la oficialidad que reflexionase sobre los prejuicios acerca del socialismo y de su aplicación a las instituciones armadas, un asunto, precisamente, que hemos tratado en El Obrero en un artículo monográfico. Pero, Palacios interpretaba que los oficiales debían aprender sobre socialismo para que, en el momento en el que tuvieran que guiar en el combate a los soldados no se produjera un “divorcio moral, una incomprensión irreparable”. Había que conseguir en esos momentos “unidad de alma”, aspecto éste que se relacionaría, a nuestro entender, con esa alusión anterior sobre la unión entre patria y el proletariado.

Palacios aludió, como no podía ser de otra manera, a la visita del socialista francés a la Argentina, donde, en su opinión, cautivó a los argentinos, hablando de la impresión que le había causado el estudio de su historia, y que los europeos tenían que realizar un acto de reparación hacia aquel país. Eso tuvo lugar en 1911. Al parecer, Jaurès se dirigió a los conservadores, una vez que regresó a Francia, para avisarles que para crear una nacionalidad argentina fuerte y homogénea era necesario poner como base y elemento de cohesión la fuerza única del trabajo organizado. Luego les pediría que no trabajaran para sí mismos, sino para toda la democracia argentina. Así pues, Palacios intentó demostrar en su artículo lo que exponía en el inicio del mismo, la supuesta unidad entre patria o estado y el proletariado, en una suerte, nos parece a nosotros, de superación de la lucha de clases. Palacios informó que cuando Jaurès fue asesinado en 1914, el Parlamento argentino le rindió honores.

Nuestra fuente ha sido el número del 26 de enero de 1950 de El Socialista. Por otra parte, existe un interesantísimo trabajo sobre la presencia de Jaurés en Argentina de Carlos Miguel Herrera, titulado “Jaurès en Argentina. La Argentina de Jaurès,” en Estudios Sociales. Revista Universitaria Semestral, año XIX, segundo semestre (2009), páginas 9-35, y que podemos consultar en la red.

 
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