Un ejercicio literario sobre la sucesión en Monarquías y Repúblicas

Historia

En el número del seis de julio de 1894 de Las Dominicales del Libre Pensamiento, Demófilo, es decir, Fernando Lozano Montes, un personaje fundamental en el republicanismo, el librepensamiento y la masonería en el último tercio del siglo XIX, incluyó una especie de “juguete literario” sobre cómo eran las sucesiones en las Monarquía y en la República, que glosamos en esta pieza.

 

Demófilo planteaba en su artículo tres episodios de la Historia de España, esto es, la sucesión de Carlos II, que dio lugar a la Guerra de Sucesión, la sucesión de Fernando VII y la Guerra Carlista, y la reciente, en ese momento, elección del presidente de la República francesa. La tesis era muy sencilla: las sucesiones monárquicas podían traer guerras, pero la sucesión en las Repúblicas eran pacíficas y por “resolución soberana”.

Reproducimos el texto:

“Acudid, españoles. Todo el mundo á llenar el teatro. Atención; se levanta la cortina.

La escena es España. Época: el amanecer del siglo XVIII. Acaba de morir Carlos II el Hechizado.

¿Qué veis? Un inmenso campo de batalla.

—Mío es el trono, grita Francia,

—Mío es el trono, grita Austria.

¿Qué grita España?

Nada. No hay España. Los clérigos la han agotado á fuerza de hacerle rezar rosarios. Sin ideas ni esperanzas, una parte, Castilla, sigue á Felipe V, el candidato francés. La otra, Cataluña, sigue al archiduque Carlos, candidato austríaco.

Ingleses, franceses, alemanes, austríacos y españoles armados hasta los dientes y combatiendo con ferocidad bárbara llenan la escena desvastándola y arruinándola. La sangre corre en arroyos. Las batallas se suceden con fortuna varia. Hoy se ve en el trono á Felipe V, mañana al archiduque Carlos.

Cuando triunfan los franceses, los catalanes pierden; cuando triunfan los austríacos, los castellanos pierden. Los extranjeros ganan, por tanto, alguna vez; los españoles, siempre, ¡siempre! pierden.

Los años pasan y la escena no cambia. Cada año que aparece viene armado de nuevos furores y los campos yermos se ven cubiertos de montones de cadáveres y de ruinas.

Cuando, después de quince años, se hace la paz y la escena va á cambiar, se ve allá á lo lejos en un rincón de España á los catalanes, sujetos con hierros, entre humeantes escombros, enseñando el rostro colérico y los puños de reto á Castilla, como si fuera su enemiga mortal, cuando no ha tenido otra culpa que ser tan idiota como el resto de la nación.

Allá, por el fondo puesta en un alto peñón, está notando lo bandera inglesa, que quedará allí como testimonio fehaciente de que la lucha no ha acabado. Ya has visto pueblo lo que cuesta una sucesión dentro del régimen monárquico.

¿Has descansado ya?

Otra vez arriba el telón.

La escena, es la misma: España. La época: próximamente siglo y medio más tarde.

¿Que ves?

Dos ejércitos que se chocan con rabia feroz.

—¡España por D. Carlos!, dice el uno. —¡España por Isabel!, dice el otro. Y el humo del incendio, y las pilas de cadáveres, y los pelotones de valientes que caen fusilados y los gritos de las mujeres que corren despavoridas huyendo de la deshonra, cubren la escena llenándola de horror.

¿Cuanto dura ese cuadro? Un año y otro y otro, interrumpiéndose algún tiempo para reaparecer de nuevo. Todavía al caer el telón se ven en el cielo nubes amenazadoras de las tormentas de la guerra civil, y aún en lontananza se divisa á Cataluña, con su cólera no agotada contra el uniforme del soldado castellano, y la bandera inglesa mantenida siempre, siempre, sobre el alto Peñón.

He ahí los frutos de otra sucesión monárquica.

Descansad y respirad. Ahora la escena cambia. ¿Qué veis?

Una asamblea de hombres altivos y libres.

—Nadie manda en nosotros, ni Austria, ni Alemania, ni España—parecen decir, mientras se acercan á una urna depositando en ella su voto.

A las dos horas, el escrutinio se hace y resulta elegido presidente de la República Casimiro Perier.

Lejos de levantar ejércitos para oponerse á esa resolución soberana. «Aprobado,» dice el mundo.

Así se resuelve la cuestión de sucesión en las Repúblicas.

¿Y donde fueron educados aquellos bárbaros, sin derecho y sedientos de sangre? En las escuelas con Dios. ¿Y estos llenos de espíritu de equidad y de paz? en las escuelas llamadas sin Dios.

Si al caer el telón y alejarte del teatro no gritas, ¡Vivan las escuelas sin Dios! ¡Viva la República!, merecerás ¡oh pueblo! legítimamente el titulo de idiota.”

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