El secreto masónico: una lección de los años treinta
La cuestión sobre si la masonería ha sido y es una sociedad secreta o una sociedad discreta ha sido ampliamente discutida a lo largo de la historia. En un trabajo publicado en la sección de «Notas varias» del primer número de 1933 de la destacada revista masónica española Latomia se plantearon algunas claves al respecto. La Iglesia, como ya hemos señalado anteriormente, condenaba el secreto y nosotros añadiríamos que también lo hacía el Estado. El artículo reconocía el derecho de cada uno a ocultar lo que pensaba, lo que hacía y lo que poseía, sin negar el derecho superior del Estado, una observación propia de gran parte de la masonería respetuosa con la autoridad. La revista masónica insistía en el derecho al secreto, especialmente en el «orden intelectual y moral». El secreto formaba parte de los cimientos del derecho moderno sobre la autonomía de la voluntad, la libertad y el derecho a la privacidad. Asimismo, en este artículo se quería dejar patente la diferencia entre el secreto y el disimulo, pues este último tendría como objetivo el engaño. En esta categoría se incluía el «fraude intelectual» como algo siempre reprensible a la misma altura que la mentira.
En el artículo se planteaba que Joseph Lalande, un destacado astrónomo y también masón, había escrito en la Enciclopedia que el secreto, y ya en clave masónica, era «un medio idóneo de cimentar la unión íntima de los francmasones», ya que, cuanto «más aislados y separados estemos del resto, más perteneceremos a lo que nos rodea». Por otro lado, Oswald Wirth, funda mental masón suizo y autor de un famoso Tarot, explicaba que la masonería se aislaba del mundo profano para constituir un medio escogido, capaz para poder vivir una «vida superior». Esta concepción del secreto, según el historiador G. Huard, no permitiría objeción alguna, pero este autor explicaba en su obra L’Art Royal que el secreto masónico en sus orígenes se justificaba por la hostilidad de la Iglesia y los Gobiernos en una época en la que no había libertad de asociación. Pero el secreto se mantuvo al reconocerse este derecho. Entonces, ¿a qué se debía?, se preguntaba la revista. Un argumento para mantenerlo era que, si se abolía, se rompía el encanto. Se mantenía porque suponía un elemento de éxito, de seducción. La masonería, por lo tanto, cultivaba el misterio, acaso más de lo necesario, como un medio para salvaguardar su existencia. El juramento solemne, la oscuridad del lenguaje, el simbolismo, la prohibición a todo extraño de franquear la puerta de los templos o el secreto serían, según la publicación, los modos de captación de la masonería, una manera de exaltar el aspecto fascinante y enigmático de la Orden.
El secreto podía generar problemas internos porque podía convertirse en un escenario para críticas y calumnias, pero la revista abogaba por conservarlo para mantener a la masonería al margen de la vida profana. El silencio era la manera de responder a las acusaciones que se formulaban contra la masonería, si la masonería apareciera en la «plaza pública», perdería su fuerza y poder. La publicación interpretaba que el descrédito de la masonería, especialmente en el ámbito latino, no provenía del secreto, sino de que este no se había observado rigurosamente. El secreto parecía, por lo tanto, más importante que el ritual. En todo caso, no se podía suprimir ninguno de los dos porque la masonería perdería su originalidad y se convertiría especialmente en este ámbito latino, en una de tantas asociaciones políticas existentes, y en el mundo anglosajón, en una de tantas sectas religiosas