El análisis del laborismo por parte de Fernando de los Ríos en 1929

Historia

La victoria laborista en las elecciones de la primavera de 1929 causó una honda repercusión en el socialismo español. El Socialista dedicó una especial atención a las noticias de las elecciones y de dicha victoria, como vino haciendo durante toda la década de los años veinte, muy pendiente de la evolución y creciente influencia del Partido Laborista en el Reino Unido. Durante un tiempo incluyó la reseña de los diputados y diputadas laboristas en los Comunes, y se incluyeron crónicas y artículos de opinión sobre este hecho. Este es el contexto en el que debemos entender el interés de Fernando de los Ríos por el laborismo, y que se plasmó en un artículo que publicó primero El Sol, y luego reprodujo El Socialista en su número del 25 de junio de ese año.

Fernando de los Ríos realizó en “La trayectoria histórica del laborismo inglés” más que un breve ensayo historiográfico un ejercicio humanístico muy propio de su forma y manera de entender la Historia, vinculada no solamente al conocimiento en sí, sino como una herramienta para entender la realidad presente.

El político socialista comenzó su argumentación recordando el paralelismo que el historiador y político James Bryce (1838-1922) había realizado en una de sus obras más famosas dedicadas a la Historia del Imperio romano entre el devenir de Roma y el de Inglaterra: flexibilidad o elasticidad de la ley para acomodarla a la realidad social e histórica, y a causa de ello, una continuidad en la vida civil. De los Ríos aludía a cómo la experiencia de la lucha había convertido a la plebe en una fuerza que había conseguido influir cada vez más en la vida constitucional hasta llegar a controlarla.

Fernando de los Ríos consideraba que, si alguien quisiera completar el estudio de Bryce con un trabajo que comparase la evolución de la plebe romana con el del movimiento obrero y el de los laboristas, se producirían analogías sugestivas. En el siglo XIX, el movimiento obrero había sufrido duras persecuciones, comenzando por las condenas de los seis líderes de Dorchester a raíz de la ley de 1824, había promovido manifestaciones multitudinarias como la londinense de 1834 con Owen y otros líderes a la cabeza para entregar a lord Melbourne un memorial firmado por miles y miles de personas para que se revocase la sentencia de los de Dorchester, o había generado la fuerza del cartismo. Después aludió a la lucha de los albañiles en 1854 por la reducción de la jornada laboral, uniéndose otros colectivos, hasta que en 1858 se formulaba la petición de la jornada de nueve horas, consiguiéndose luego en 1862 el cese del trabajo los sábados desde la una de la tarde. Al año siguiente, los mineros celebraron la Conferencia de Leeds. Y de ese modo se fue extendiendo en Inglaterra una activa sensibilidad societaria a medida que se desarrollaba el capitalismo.

El Estado británico fue incorporando las demandas de los trabajadores. Pone como ejemplo cómo en 1871 la ley que achacaba a las Trade Unions una intención criminal fue inmediatamente contestada por el Congreso de las mismas, consiguiendo la rectificación correspondiente. A partir de entonces, esta presión logró que se abandonara el “manchesterianismo” y apareciese el intervencionismo hasta el culmen del presupuesto de Lloyd George de 1909.

A principios de siglo aparecería el Partido Laborista. El espíritu político del cartismo había sido sustituido a mediados del siglo XIX por lo que De los Ríos definía como el “nuevo espíritu” que pretendía llevar la lucha mediante la táctica sindical, manteniendo a las organizaciones sindicales fuera de la contienda electoral y política. Pero Fernando de los Ríos sabía, como ha demostrado la historiografía del movimiento obrero británico, que a finales de la centuria irrumpieron con fuerza los trabajadores menos cualificados, cambiando el sentido ideológico de los sindicatos, recuperando la táctica política. Ahí estaba el Congreso de Plymouth de 1899 en el que se condenó la exclusiva lucha económica, optando por crear una organización política, el Partido Laborista.

El artículo terminaba haciendo un recorrido por la Historia electoral del Partido Laborista hasta 1929. Nos parece interesante cómo De los Ríos elogia la unión de pueblo con profesores, escritores y hasta aristócratas en el seno del laborismo, algo casi consustancial a su propia condición de intelectual destacado dentro y fuera del PSOE. Pero, además, el Partido Laborista llegaba al poder no para romper la estructura del Estado sino para acentuar el ritmo de su transformación. Esta Historia servía, siempre según el autor, para demostrar que no era necesaria una revolución, toda una defensa de socialismo democrático en el que siempre creyó el político de Ronda.

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