Un nuevo proceso constituyente

Política

Convencidos de que este país tiene que emprender una seria, serena pero intensa reflexión sobre su futuro después de que podamos superar esta tragedia, abogamos porque se emprenda un nuevo proceso constituyente.

 

El coronavirus no sólo producirá cambios, sino que es también el síntoma de que nuestro sistema político, económico y social está en una grave crisis. Salvando las distancias, la crisis del 98, con las pérdidas coloniales, desencadenó un proceso, eso sí, fallido por muchas razones, para que el sistema fuera reformado, planteándose proyectos conservadores, liberales, republicanos, del movimiento obrero socialista y anarquista, y hasta del nacionalismo catalán. Pero el 98 no sólo fue una de las causas de la crisis del sistema, también fue, principalmente, el síntoma de un sistema, el canovista que, formulado en 1875, ya estaba agotado por distintas razones después de un cuarto de siglo, resistiéndose, como se vio, a cambiar, un mal que puede reproducirse, por distintas causas que luego apuntaremos, en el presente.

¿Está agotado nuestro sistema? Sin duda, y hay muchas cosas que chirrían, desde la Corona y otras instituciones, hasta los sindicatos, pasando por los partidos políticos y las organizaciones empresariales, sin olvidar aspectos vinculados a derechos y libertades, el sistema económico, la vivienda, la educación, la sanidad, y la organización territorial.. Como están agotados las fórmulas neoliberales que desde los años ochenta llevan dinamitando los pilares del bienestar. Ese Estado del Bienestar estaba asentado sobre el principio de la solidaridad, y se pudo poner en marcha por la enorme lección que había supuesto el período de entreguerras y la contienda mundial, además de por el consenso entre una izquierda que abandonó la revolución y una derecha democrática que entendió que si el Estado no intervenía para aminorar las diferencias volverían las tensiones, sin olvidar la presión que se ejercía desde el otro lado del telón de acero.

El problema para emprender un proceso constituyente es que no hay consenso en este país ni de cerca. Y no lo hay, creemos, porque a las izquierdas les falta más ambición para el cambio, a pesar de que, por distintas causas, se están entendiendo mejor entre ellas que en el pasado, aunque no sabemos si se mantendrá ese clima cuando pasé el espanto actual. Pero el principal escollo procede de las derechas en su competición reaccionaria y su nula falta de altura de miras, disfrazadas por un hueco patriotismo de agitación de banderas, muy alejado de un sentido de responsabilidad que vimos en la Transición, aunque no debamos mitificar la misma, ya que dejó muchas cosas sin hacer, y fue demasiado permisiva con el régimen anterior de infausta memoria, y que renace en muchos aspectos gracias, precisamente, a esas derechas de ahora.

No queremos ser tímidos, no queremos seguir transigiendo tanto con muchas de las cosas que pasan en este país, y que afectan a sus ciudadanos y ciudadanas, y ahora a los más mayores. Si queremos solucionar las cuestiones en un sentido solidario hay que intentar ser ambiciosos, y no emprender solamente algunas reformas. Y no hay que tener miedo a hablar y discutir sobre nación, estado, monarquía, derechos, libertades o igualdad. No somos optimistas, pero tampoco estamos resignados. La izquierda debe liderar ahora este proceso, aprendiendo de las lecciones históricas del reinado de Alfonso XIII, de los años treinta, pero también y, sobre todo, de los años setenta y posteriores. La Constitución de 1978 tendrá que dejar pasar a otra que, bien podría ser de 2021.

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