El festival de las cifras de visitantes a los Museos

Política

En estos días hemos recibido la noticia sobre los visitantes a los museos españoles en el pasado año. Al parecer, han aumentado mucho, en general, es decir, que millones de españoles y extranjeros han llenado los museos de un país que, sin lugar a dudas, tiene muchos y fundamentales, empezando por una de las cuatro o cinco pinacotecas más importantes del mundo, el Museo del Prado.

 

Esta noticia, entre tanto desastre diario que nos viene de todos los continentes y la irritación que nos provoca la polarización de la vida política española, no deja de ser agradable, positiva y, seamos sinceros, nos relaja.

Pero conviene, y lo siento mucho, no tirar campanas al vuelo, y no entrar en una especie de competición sobre si el Prado gana al Reina Sofía, o el Museo Sorolla al Museo de Bellas Artes de Bilbao, o si los museos españoles ganan a los franceses o no, por poner ejemplos. Lo de las competiciones en cultura, contaminándonos de otros mundos, es muy pueril y no conduce a nada.

Además, y ahora entramos en la siempre difícil ecuación entre cantidad y calidad, se nos presentan dudas, y queremos no parecer elitistas.

Partimos del hecho de que visitar un museo es siempre, aunque se haga una visita rápida o ligera, una experiencia fascinante, porque algo se nos queda de ese paso fugaz, es decir, algo habremos aprendido o disfrutado. Pero ¿en realidad estamos promocionando una cultura más formativa, más crítica, y a la vez que produzca placer también, o nos interesa más el espectáculo, la promoción de la idea de que hay que visitar museos porque eso es bueno y se convierte en la cita obligada si viajamos a una ciudad, para luego sacar el móvil, donde nos dejen, eso sí, y fotografiar cuadros o esculturas y casi no poder ver Las Meninas o La Gioconda y subir esas fotos a las redes para demostrar que somos cultos y que, por supuesto, hemos estado en los Museos Vaticanos?

No se trata de subir precios para restringir las visitas, de ponernos estupendos, se trata, seguramente, de que en la escuela y a través de los poderes públicos y las iniciativas privadas, se procure fomentar una idea de la cultura que no tenga que ver con lo que decíamos más arriba, uniendo el sentido crítico junto con el placentero. La cultura debe ser siempre accesible a todos y todas, pero intentemos no vulgarizarla, no degradarla. Es difícil, claro que sí.

Los museos pertenecen al mundo de lo que no sirve para nada útil, y por eso, son fascinantes, porque el placer que proporciona la contemplación del color naranja de un Veronese, o que el expresionismo alemán nos ofrezca una interpretación crítica de la realidad que nos haga reflexionar, no tienen precio. Al final, como casi todo, depende de que nos importe realmente la educación.

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