El ideal clásico a la francesa

Historia

La Francia de Luis XIV se convirtió en el árbitro del arte y la cultura a partir de 1660 bajo las premisas de lo que se conoce como el clasicismo. En este trabajo intentaremos aportar algunas claves sobre el ideal clásico en este período histórico según el modelo francés.

 

El clasicismo se había ido conformando durante la primera mitad del siglo XVII pero maduró en la segunda mitad en pleno apogeo de la Monarquía absoluta de Luis XIV.

El ideal clásico se vincula claramente con el objetivo de orden y unidad en torno al Rey Sol, pero también tiene una dimensión burguesa frente a la nobleza que acaba de ser domesticada después de la turbulencia del período de las Frondas. Esa aristocracia recuperará, posteriormente, el protagonismo artístico, parejo al político, a la muerte del rey con el triunfo del Rococó en los inicios del siglo XVIII. El ideal clásico hunde sus raíces en el gusto por la Antigüedad, algo que había comenzado en Europa con el Renacimiento y que de forma periódica regresaría en la cultura occidental, como se vería en el Neoclasicismo de la segunda mitad del siglo XVIII.

En el ámbito literario el ideal clásico se traduce en la denominada regla de las tres unidades de Aristóteles y en los comentarios y adaptación del Arte Poética de Horacio de Nicolás Boileau, el adalid de los antiguos y del clasicismo de la época. Por fin, se produce una imitación de la forma de escribir de los antiguos.

En el arte el clasicismo enaltece los órdenes clásicos, pero en línea con la adaptación que de ellos hizo el Renacimiento como se comprueba con la abundancia de frontones triangulares, la superposición de los órdenes, las columnatas, las cúpulas y las terrazas, es decir, que no fue una simple imitación. En las artes figurativas es un momento del auge de las alegorías mitológicas y del retrato a la antigua, con atributos de la época imperial romana. En este sentido, marcaría un hito la estatua que Coysevox realizó de Luis XIV porque parece más que un monarca un emperador romano con manto imperial incluido.

El clasicismo se basa en una serie de principios. En primer lugar, se vincula con la razón frente a lo exuberante de gran parte del Barroco, pero también contra la imaginación libre, algo que en ese momento y en Francia no era una virtud sino una facultad inferior y muy peligrosa, al considerar que con ella era imposible alcanzar el ideal de la belleza. La razón es la única guía para el artista. Las reglas que establece son las que deben seguirse para evitar lo excepcional, es decir, lo que se sale de la regla, las exageraciones y extravagancias. Hay que buscar en la obra de arte o literaria la claridad, el rigor, la sobriedad, lo verosímil. En este sentido, es muy interesante la teoría sobre la imitación de la naturaleza que triunfa en este momento. Los teóricos del nuevo gusto eran firmes partidarios de esta imitación, pero eran conscientes que en la naturaleza también había fealdad, por lo que esa imitación debía ser cuidadosa. El artista tenía que aprender a sacar la belleza y la sencillez de la naturaleza. La consecuencia de este trabajo era que, al final, el arte terminaba por ser superior a la propia naturaleza porque, aunque era la fuente de la belleza el artista con su trabajo de selección elaboraba la obra perfecta sin sus distorsiones.

Aunque la razón era la guía del clasicismo, éste tendió hacia lo grandioso y lo majestuoso. Eso podría provocar una cierta distorsión del ideal porque se podía vulnerar la sobriedad, pero para evitarlo había que conseguir no caer en la desmesura. El ideal clásico estableció unas estrictas normas, el conocido como “buen o gran gusto” para evitar ese peligro. En literatura planteó una rígida jerarquía en los géneros y los temas. En el teatro la tragedia era más importante que la comedia porque aquella trataba de personajes elevados, históricos y que se expresaban en un lenguaje más elaborado, en alejandrinos. Otro género preferente era la elocuencia sacra, produciendo una verdadera fiebre de elogios fúnebres en esta época. En las artes figurativas abundarán los retratos, como ya hemos señalado, los cuadros mitológicos e históricos, tanto de la Antigüedad como contemporáneos. Eso no significa que en Francia no existieran otros géneros, como los paisajes y las naturalezas muertas, pero eran considerados en la escala oficial como menores y sus cultivadores como pintores de menor consideración.

La grandeza del clasicismo francés estuvo asociada necesariamente a la figura de Luis XIV. La literatura y el arte debían exaltar su reinado, su poder, la edad de oro que habría instaurado. El rey se convierte en uno de los principales mecenas de la historia del arte y la cultura. A su servicio trabajan una legión de arquitectos, escultores, pintores y escritores. Estos artistas y literatos serían los que construyesen el ideal clásico francés, bajo la dirección del propio monarca y de varias instituciones, las Academias, que establecerían las normas de dicho ideal. La Academia francesa se dedicó a pulir y elaborar la lengua francesa, borrando del lenguaje todo lo que no fuese claro o que fuera considerado un arcaísmo. La Academia de pintura y escultura y la Academia de arquitectura fueron transformadas por Le Brun y Colbert en los órganos difusores de las reglas artísticas, en las escuelas del “gran gusto” francés. El tercer pilar del clasicismo se situaba en Roma donde la Academia Francesa acogía a los artistas franceses para que aprendiesen en la cuna del arte antiguo y renacentista.

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