Sobre los restaurantes cooperativos a principios del XX

Historia

Nos hacemos eco en esta pieza de una reflexión sobre los restaurantes cooperativos de la mano de un artículo de Joan Salas i Antón que se publicó en la Revista Cooperativa Catalana, y que el semanario Las Dominicales del Libre Pensamiento recogió en su primer número de enero de 1903. De ese modo, seguimos ahondando en el periódico sobre la historia del cooperativismo. El artículo tiene su importancia porque Salas i Antón (1854-1931) fue un destacado cooperativista, además de republicano federal. En 1898 fundó la Cámara Regional de Cooperativas de Cataluña y Baleares, y la revista mencionada. En 1902 sería elegido miembro del Comité Central de la Alianza Cooperatista Internacional. En el año 1923 fue autor de un anteproyecto que sería la base de la Ley de Cooperativas del año 1927. Su primigenio republicanismo, por otra parte, no le impidió aceptar la tenencia de alcaldía de Barcelona en 1924 ya en la Dictadura de Primo de Rivera.

 

Salas se lamentaba de que estaba predicando en el desierto después de haberse ocupado en los primeros números de la revista de la labor beneficiosa que realizaban los restaurantes cooperativos en Europa, aludiendo a los casos de Grenoble, Ginebra y Lyon. Si se exceptuaba una iniciativa, que no pasó de proyecto surgida en Gracia, en Barcelona nadie se había vuelto a preocuparse del asunto.

El autor quería demostrar la importancia de este tipo de cooperativismo, y quería hacerlo, como se confesaba en el artículo, no desde un punto de vista teórico sobre la socialización de la riqueza, confesando que, quizás, se había pecado de demasiada teoría y eso no había permitido calar entre los obreros. En todo caso, en el artículo hacía alguna digresión sobre el cooperativismo, aunque no es de nuestro interés en esta nuestra pieza. Había, por lo tanto, que considerar a los restaurantes cooperativos bajo “su aspecto más terrenal”, es decir, en relación con las ventajas “materiales y morales” que podían reportar de forma inmediata a la clase trabajadora.

En Barcelona, donde las distancias eran considerables, los restaurantes cooperativos eran una necesidad evidente, en opinión de nuestro autor. Muchos eran los obreros con familia que al mediodía no podían comer en sus casas, pero, además, no era escaso el número de trabajadores solteros que por no tener familia en la capital debían almorzar, comer y cenar fuera de la casa donde iban a dormir. Así pues, “¿dónde comen esos obreros?” Lo hacían en figones de mejor o peor aspecto, donde iban a parar los productos de los mataderos clandestinos, carnes de reses enfermas, y productos adulterados. Esos figones no eran, por lo tanto, un lugar idóneo para comer porque, además, solamente se enseñaba a beber y a jugar.

Para combatir esta realidad, en París se había formado un comité de distintas personalidades con el fin de constituir una sociedad cooperativa para la creación de restaurantes donde las obreras pudieran comer bien y a buen precio. Salas se congratulaba de esta iniciativa francesa, con la esperanza de que se pudiera aplicar en Barcelona.

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