Julio Gómez de Fabián frente al reformismo, sobre la evolución en política y por el triunfo de la República (1913)

Historia

En distintas ocasiones nos hemos acercado al periodista Julio Gómez de Fabián en las publicaciones socialistas previas a la Gran Guerra, sobre la historia y sobre la revolución. En su misma línea nos acercamos a un encendido artículo que publicó en noviembre de 1913 en El Socialista cargando contra el reformismo, y en el que hasta el propio Galdós fue criticado.

 

Las opiniones de Gómez de Fabián sobre reformismo y revolución se hicieron a propósito de un banquete reformista presidido por Galdós, y por el político republicano José Fernando González. Pues bien, los calificó de apóstatas. Valoraba la figura del escritor, “nombre glorioso” el de Galdós, pero también es cierto que afirmaba que en la “hora de afirmar la verdad no hay glorias ni grandezas respetables.” El Galdós de la pluma podía ser el de la ceguera política y hasta de la cobardía y la deserción revolucionaria. Pero tampoco salía bien parado González.

Para Gómez de Fabián no se trataba de evoluciones ni de acomodamientos, ni de posibilismos, sino de traiciones por cobardía, venalidad y ambición, en una afirmación, como vemos, contundente, sin matices. Porque en el reformismo monárquico, que no republicano, había dos grandes falsedades que quería explicar en su artículo.

En primer lugar, estaba la idea de la evolución política. Para el periodista evolucionar era ir hacia adelante, progresar. Un republicano que se hacia monárquico no evolucionaba, sino que desertaba, se convertía en un apóstata, renunciaba y hasta traicionaba.

La otra gran falsedad, siempre según su opinión, estribaba en las formas y el contenido. La forma era el ser, y de la forma dependían los resultados. Los principios republicanos aplicados a la “máquina monárquica” solamente podían dar resultados de desorden y de despotismo.

Habría, además, una razón superior que condenaba, y que tenía que ver con el que consideraba un maridaje monstruoso hecho por la supuesta corrupción reformista, y que sería la incompatibilidad absoluta, histórica, política y económica de los principios e intereses que se pretendían armonizar.

Monarquía quería decir privilegio. Libertad y democracia, en cambio, significaban derecho único y universal. La Corona representaría intereses hereditarios de una clase colocada sobre las demás por razones históricas. La libertad y la democracia, en cambio representarían los derechos de las fuerzas vivas, activas opuestas a todos los privilegios. A cada momento histórico, a cada sistema de vida económica y social le correspondería una forma política. Por eso, era tan absurdo aplicar el ideario republicano a la monarquía como lo sería aplicarlo al régimen feudal o al patriarcal.

Los principios republicanos serían la evolución económica, del sistema de producción existente. La monarquía sería, por su parte, un resto lamentable del pasado.

La burguesía sería, por su condición, por las necesidades de desenvolvimiento vital, y por exigencias de su actividad republicana, democrática. Solamente el interés individual, el egoísmo torpe y la validad podían avenir al burgués con la monarquía, la ignorancia y la cobardía. Pero esas deslealtades individuales no podían modificar el detener del curso de la Historia.

El reformismo acabaría por ignominioso. El país, opinaba nuestro protagonista, vería “depurado el campo republicano”. Nuevos hombres surgirían, y el régimen se sentiría cada día más débil, y próximo a su fin. Y perecería, pese a Galdós, y lo haría en un “lecho de podredumbre y miserias morales”.

Pereció el principio monárquico absoluto, vivió su tiempo la monarquía constitucional que hacía del rey una figura inerte.

“El reformismo es el miedo a la revolución y es su heraldo, su nuncio despreciable”.

Podemos consultar el número del 5 de noviembre de 1913 de El Socialista. Sobre Gómez de Fabián se puede consultar la hemeroteca de este periódico de El Obrero.

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