Los problemas demográficos franceses en el siglo XIX

Historia

Francia se caracterizó durante el siglo XIX por un comportamiento demográfico distinto al de otras grandes potencias europeas como Inglaterra o Alemania, que experimentaron crecimientos notables de población, propios de la transición demográfica, caracterizada por altas tasas de natalidad y acusados descensos de la mortalidad. Francia, en cambio, creció muy lentamente. En la segunda mitad del siglo, entre 1851 y 1911, pasó de 35’8 a 39’6 millones de habitantes, es decir, un aumento que no llegó a los cuatro millones en sesenta años. ¿Por qué?

 No parece que las causas deban encontrarse en los acontecimientos políticos y militares. La guerra de Crimea, la anexión alemana de Alsacia-Lorena y la represión de la Comuna podrían ser esgrimidas como factores explicativos, especialmente la pérdida de Alsacia-Lorena, ya que supuso que un millón y medio de personas dejaran de ser francesas. Pero, también es cierto que Francia se anexionó Saboya y Niza con un aporte de unos setecientos mil habitantes. Además, Francia fue el país europeo con mejor saldo migratorio durante el siglo XIX, al convertirse en la patria de los exiliados políticos de casi todos los rincones de Europa, y el que más recibió inmigrantes de tipo económico. Por su parte, los franceses no emigraron masivamente hacia América ni tampoco hacia las colonias de su vasto imperio.

Así pues, hay que buscar las causas de esta peculiar demografía en los movimientos naturales de la población. En primer lugar, la natalidad comenzó a decrecer a mediados del siglo XIX. Hacia 1910 era de un 20’1 por mil. Por áreas, la Bretaña, el norte y el Macizo Central tuvieron mayores tasas pero el resto del país el control de la natalidad fue la tónica general. El número de hijos por familia era de dos en vísperas de la Gran Guerra. Las razones deben buscarse en el predominio de la pequeña propiedad que hacia limitar el número de hijos en el ámbito rural, que siempre muy potente en Francia, el único país desarrollado que mantenía esta estructura agraria. Pero, además, en el ámbito urbano se llegó muy pronto a uno de los comportamientos típicos del ciclo demográfico moderno, es decir, la limitación del número de hijos. Por fin, el Estado francés no respondió ante estos hechos con medidas sociales destacadas que favorecieran la natalidad.

Si atendemos a la mortalidad, Francia no experimentó un descenso acusado de la misma si se compara con países de su importancia económica. Cierto es que la edad media de la vida se alargó pero la mortalidad infantil siguió siendo muy alta. Por otro lado, fueron muy persistentes las lacras sociales del alcoholismo y de algunas enfermedades como la tuberculosis. Solamente al final del período se cambió esta tendencia gracias a la contribución médica francesa que comenzó a destacar en el mundo, como lo demostraría la figura de Pasteur.

La proporción de la población rural en el total nacional siguió siendo muy alta en Francia durante el siglo XIX, debido a la persistencia de la pequeña y mediana propiedad, como hemos reflejado anteriormente. Todavía era del 56% en 1911. En Francia sí hubo éxodo rural pero no afectó tanto a los campesinos, como en Inglaterra, si no a los oficios no estrictamente agrícolas, como artesanos y comerciantes de los pueblos. Es verdad que las ciudades francesas crecieron pero no fue un país que se destacara porque predominaran las grandes ciudades, con la excepción de la capital. El éxodo rural fue absorbido por ciudades de tipo medio.

París sí creció considerablemente, especialmente a partir del Segundo Imperio. Es conocida la famosa reforma auspiciada por Napoleón III y que desarrolló Haussmann, prefecto de la ciudad entre 1853 y 1870, y que cambió la configuración de la ciudad, antes una urbe de calles y casas abigarradas, y a partir de entonces una urbe de grandes avenidas y bulevares, parques, grandes almacenes, estaciones, etc. Estas obras dieron muchos puestos de trabajo y eso atrajo a más población, pero no debe olvidarse nunca que estas reformas brillantes fueron monopolizadas por las clases acomodadas que se apropiaron del centro urbano, y que no se acompañaron de equipamientos sociales para las clases humildes.

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