Ideología y equilibro europeo en la Restauración

Historia

En la época de la Restauración se impuso una ideología basada en los principios de la tradición, la autoridad simbolizada y ejercida por la monarquía y la religión. Estos principios se enfrentaban a los que había introducido la Ilustración y desarrollado la Revolución francesa, como eran el cambio, el triunfo de la voluntad humana, la libertad y la razón. En la Restauración estas ideas ilustradas y liberales fueron consideradas como destructoras del orden social, al favorecer el individualismo y la competencia, así como del orden político representado por la alianza entre el trono y el altar, entre la monarquía absoluta y la Iglesia. Los ideólogos más radicales de la época, como Von Haller, llegaron a considerar al monarca como el propietario legítimo de la nación, es decir, con derecho a actuar como un autócrata sin rendir cuentas a nadie ni a ninguna institución que ejerciera algún tipo de contrapeso. La soberanía nacional se convirtió, pues, en una verdadera herejía y los parlamentos fueron considerados como mecanismos intolerables porque permitían la expresión de esa soberanía. En cuanto a la Iglesia, se restauró su poder y se suspendieron las desamortizaciones emprendidas en algunos Estados.

La monarquía absoluta fue restaurada en Europa, pero en algunos lugares, como en Francia, se buscó una especie de solución de compromiso entre el viejo orden y el nuevo, a través de lo que se conoce como un régimen de Carta Otorgada. La monarquía fue restaurada en la persona de Luis XVIII, que concedió a sus súbditos una Carta Otorgada en 1814, donde la Corona, voluntariamente, limitaba sus poderes. No era, estrictamente, una Constitución porque no surgió de una asamblea más o menos representativa, al ser una concesión graciosa del titular de la soberanía.

En la época de la Restauración se remodeló el mapa de Europa que había cambiado con la Revolución francesa y el Imperio napoleónico. Esta reordenación se desarrolló en el Congreso de Viena (1814-1815). Las potencias aliadas -Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia- marcaron los principios y tomaron las decisiones en dicho Congreso, organizado por el príncipe de Metternich, canciller de Austria. En las sesiones del Congreso también estuvo presente Francia. El mapa de Europa se organizó bajo cuatro principios fundamentales.

En primer lugar, estaría el principio de legitimidad frente al principio de soberanía nacional. El origen del poder era divino y los monarcas legítimos derrocados por Napoleón debían ser entronizados de nuevo: Luis XVIII, hermano del desaparecido Luis XVI en Francia, o Fernando VII en España.

El segundo principio sería el del equilibrio. Las fronteras de los estados europeos debían establecerse respetando los derechos históricos de sus gobernantes, sin tener en cuenta los derechos de los pueblos. Se pretendía el equilibrio en el concierto europeo, intentando contener a las dos grandes potencias territoriales europeas –Francia y Rusia-, fortaleciendo a los países vecinos. Gran Bretaña estaba muy interesada en la aplicación de este principio, ya que no deseaba la existencia de ninguna potencia europea continental demasiado fuerte. Por su parte, Austria pensaba seguir ejerciendo influencia sobre los estados alemanes y el norte de Italia. Por este principio, Francia retornó a sus fronteras anteriores a la Revolución y a su alrededor se crearon dos estados-tapón: a Holanda se le incorporó Bélgica, y Génova pasó a depender del reino del Piamonte-Cerdeña. Para contrarrestar el empuje ruso hacia Occidente, ya que se había anexionado la mayor parte de Polonia y Finlandia, se fortaleció a Prusia. Por fin, Austria tutelaría una Confederación Germánica formada por 38 estados y en la península italiana se anexionaría Milán y Venecia.

En tercer lugar, habría que citar el principio de responsabilidad internacional de las grandes potencias, a las que sumó la Francia de la Restauración, para mantener la paz y la seguridad colectivas. La estabilidad de los regímenes políticos restaurados equivaldría a la estabilidad de las fronteras y a la ausencia de conflictos. Como la Revolución Francesa había traído consigo unos veinte años de conflictos, habría que impedir que estallaran otras revoluciones.

Y por fin, el principio de intervención, que era consecuencia del anterior. En caso de que estallara una revolución en algún país habría que intervenir para sofocarla con el fin de garantizar la estabilidad y el equilibrio.

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