De Sofía a Victoria Eugenia entre la valoración personal y el mensaje político
En estos días estamos asistiendo a la valoración de la reina Victoria Eugenia, tanto en el medio audiovisual como en el expositivo con una magna exposición en Madrid. Ciertamente, los españoles saben poco de esta reina que vivió tiempos convulsos y porque ella misma tuvo una vida discreta seguramente por su propio temperamento y porque era consciente del tiempo que le tocó vivir.
Es interesante comprobar que este ejercicio de recuperación de la reina consorte británica, nieta de la reina Victoria, se de en un momento en que la reina Sofía tenga un gran protagonismo promovido por su hijo el rey Felipe VI y la Casa Real, frente al ostracismo que padece el rey emérito y que se habría ganado a pulso.
Y es que, indudablemente existen paralelismos entre ambas reinas que, por otro lado, también son distintas y con trayectorias vitales diferentes. Pero ambas son verdaderas profesionales de la realeza y ambas parece que aprendieron muy bien sobre lo que tuvieron que vivir en momentos complicados, más en la infancia y primera juventud en el caso de la reina Sofía y más en la madurez la reina Victoria.
Por lo demás, fueron esposas de dos reyes importantes de la historia contemporánea de España, uno en una Monarquía en la que la Constitución de 1876 le otorgaba la mitad de la soberanía, un poder evidente en relación con parte del legislativo y la cabeza del ejecutivo, y otro dentro del los límites muy marcados de una Monarquía parlamentaria como se diseñó en la Constitución de 1978. Estamos hablando, lógicamente, de Alfonso XIII y de Juan Carlos I, abuelo y nieto.
Ambos personajes son distintos, aunque con aspectos comunes. El primero abusó de sus prerrogativas y no pareció aprender nada de su madre, la discreta y escrupulosa María Cristina de Habsburgo-Lorena que, siendo regente, tenía los mismos poderes que tuvo su hijo pero los ejerció de forma respetuosa con el juego político por muy amañado que estuviera, aunque también es cierto que ejerció sus funciones en una época menos convulsa que la de su hijo.
Alfonso XIII terminó en el ostracismo porque, al final, vulneró el juego político aceptando lo inaceptable en un sistema constitucional. Su nieto vivió en una época distinta y supo estar en un momento dado en el lado correcto de la Historia porque entendió el correr de los tiempos, quizás un poco como su antepasado Carlos III en el tiempo ilustrado. Juan Carlos, además, consiguió un índice de popularidad y de consenso inusitado e incomparable en relación con sus antecesores. Es más, la cuestión sobre la reclamación de la instauración de un régimen republicano quedó en un plano muy secundario. Pero todos sabemos que Juan Carlos se creyó con patente de corso, y no hace falta volver a insistir en su comportamiento económico y fiscal. Así pues, como su abuelo, ha caído en el ostracismo. Ambos son responsables de sus situaciones finales.
Y frente a ellos dos mujeres inteligentes, cultas, sofisticadas y prudentes, además de padecer a dos maridos infieles sistemáticos y que solamente generaron dolor en las mismas.
Pero, dicho todo esto, los que defendemos el establecimiento de una República debemos ser conscientes de que parece que hay una especie de estrategia monárquica que pretendería demostrar las bondades de la Monarquía, siendo un elemento más en la estrategia de valoración del rey Felipe VI como un personaje que nada tendría que ver con su padre y hasta con sus hermanas, como si fuera más de origen danés-germano que borbónico.
Las personas sensibles, independientemente de sus ideas y planteamientos políticos, no podemos dejar de valorar a dos mujeres, además mujeres, que padecieron el machismo más retrógrado, grosero y rancio que no es patrimonio de ninguna clase social y que se puede dar y se da entre los salones adornados de palacio, con dos ejemplos evidentes en los dos últimos miembros reinantes de la Casa de Borbón. Parece evidente que estamos ante dos mujeres interesantes sobre las que no podemos de sentir empatía en algunos aspectos, o, por lo menos, respeto.
Pero ese aprecio no debe hacernos olvidar nuestro interés porque este país en un futuro sea una República.