Los socialistas y la lucha contra la tuberculosis en 1930

Historia

En distintos trabajos estamos acercándonos a cómo los socialistas abodararon el grave problema de la tuberculosis en las primeras décadas del siglo XX. Hemos visto cómo siempre daban mucha importancia a la dimensión social del problema, como explicó Manuel Cordero en 1929, y unos meses antes, en 1928 cuando reclamaban aún más atención al problema, porque aunque se había hecho mucho, faltaban sanatorios, medios para evitar las recaídas, además de apelar a que la sociedad española se sensibilizase aún más ante lo que suponía esta enfermedad.

 

Los socialistas terminaron por reclamar que las Administraciones públicas atendiesen el problema, y lo hicieran desde una clara unidad de acción. Así lo abordaron en 1930 desde las páginas de El Socialista.

El origen de que se volviera a tratar este problema se encuentra en que el Ayuntamiento de Madrid, a instancias del concejal socialista Saborit, iba a destinar un millón de pesetas para luchar contra la tuberculosis. El periódico obrero consideraba que la lucha contra esta enfermedad desde el ámbito municipal merecía una atención que hasta ese momento no se había desarrollado, y esa preocupación pasaba por el dinero. Siempre que se intentaba crear o ampliar instituciones antituberculosas se tropezaba con la falta de recursos. Como hemos visto en otros momentos, los socialistas se quejaban de que no había plazas suficientes en los sanatorios, pero, además, los gastos que ocasionaba cada paciente eran muy elevados.

La tuberculosis seguía avanzando, y asociada a la pobreza, insistiendo, de nuevo, en la dimensión social del problema. Los focos se concentrarían en las ciudades, en los barrios pobres donde se hacinaba la clase trabajadora. El exceso de trabajo unido a una mala alimentación, y a la falta de higiene eran factores claves en relación con la profusión de la tuberculosis. Por esta dimensión social los socialistas exigían la intervención de los poderes públicos, el Estado, las Diputaciones Provinciales y los Ayuntamientos, no asociaciones de damas caritativas, como era frecuente en aquella época. Y era necesaria la unidad de acción para atacar el problema porque era como si fuera una cruzada. No se podía seguir dejando en manos de particulares generosos o caritativos.

Los socialistas afirmaban que el número de fallecidos por tuberculosis en España era muy elevado, casi era una plaga, que tenía que ser combatida por las instituciones públicas. Los esfuerzos presentes, aunque encomiables, realizados por los médicos, que aconsejaban y realizaban labores de divulgación, no eran suficientes porque se carecía de medios.

En este sentido, se ponía como ejemplo el Instituto Antituberculoso del madrileño distrito de la Inclusa, llevado por el doctor Verdes Montenegro, cuyo local había sido cedido por un empresario de dicho distrito. Pero lo que había que hacer era contar con un establecimiento semejante en cada distrito, es decir, crear una verdadera red de Institutos antituberculosos.

Por otro lado, la profilaxis era más económica. Si se pusieran en marcha esas medidas para evitar los contagios ante que curar, y se mantuviera una inspección constante, la enfermedad remitiría.

Pero, por otro lado, había que combatir el hambre y el hacinamiento en las viviendas si se quería completar con éxito la lucha contra la tuberculosis.

Hemos consultado el número 6715 de El Socialista. También podemos acudir a los trabajos de este autor en este mismo medio de El Obrero, “Los socialistas y la dimensión social de la tuberculosis a fines de los años veinte” (mayo de 2019), y “Manuel Cordero y el problema social de la tuberculosis (1929)” (julio de 2020).

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