La conversacion de Fabra i Ribas con H.G. Wells en 1922

Historia

El destacado escritor H.G.Wells estuvo en España en el año 1922. En el madrileño hotel Palace se entrevistó con Antonio Fabra i Ribas, que ya le conocía, saludándole en nombre de la UGT, el PSOE y El Socialista. Como es sabido, el escritor siempre tuvo una clara inclinación hacia la izquierda, con un profundo sentido crítico. En este artículo queremos recordar la charla que el socialista catalán mantuvo con el intelectual británico en Madrid en marzo de 1922, hace 99 años.

 

El escritor había venido a España de vacaciones, a descansar, pero confesaba que no lo había conseguido del todo porque se había interesado en la marcha del país, y “ya no descanso; ya trabajo aunque no quiera”. Por eso había decidido irse para no verse obligado a ocupar el poco tiempo libre que le quedaba, aunque prometía volver pronto, para el mes de septiembre. Fabra nos cuenta que Wells se expresaba con vehemencia, con convicción, terminando por cautivar al que le escuchaba. Al parecer, habló con entusiasmo de Andalucía, de Granada, “the must beautiful place in the world”.

Fabra y Wells conversaron sobre política internacional, el poder de la prensa, el laborismo, sobre la dimensión internacional de España y sobre el movimiento obrero. En primer lugar, trataron sobre la recién clausurada Conferencia de Washington, que se había celebrado al margen de la Sociedad de Naciones entre nueve estados que tenían intereses en el Océano Pacífico y Asia Oriental, no siendo invitadas ni Alemania ni Rusia, y que tuvo como objetivo el desarme, por convocatoria del presidente Harding. En realidad, como sabemos, no se avanzó mucho. Wells acababa de llegar de los Estados Unidos.

Wells afirmó que estaba de acuerdo con Harding en la necesidad de celebrar conferencias internacionales para tratar asuntos concretos y con asistencia de los países interesados. Cierto era que no había país al que no le afectase, en mayor o menor grado, cualquier asunto internacional, pero consideraba que para ser prácticos no había más remedio que concretar el objeto de las Conferencias. Consideraba que en la recién celebrada se habían alcanzado logros como el de haber salvado a China de un reparto, evitando una guerra (como bien, sabemos en la década siguiente habría guerra, y muy dura en China). Lo bueno sería que se creara, a su juicio, un organismo internacional permanente que cuidara de aplicar y desarrollar los acuerdos alcanzados.

Fabra quería que Wells opinase sobre la postura de Harding en relación con la Sociedad de Naciones, ya que, como sabemos Estados Unidos no pertenecía a esta organización, inspirada, precisamente por el anterior presidente Wilson. Wells no creía que el presidente Harding se dedicaría a combatir la Sociedad de Naciones. El británico era crítico con la Sociedad porque opinaba que en las asambleas de la Sociedad intervenían a veces países que no estaban muy interesados en las cuestiones que no se discutían, siendo un defecto de su constitución que había que corregir. También expuso que se había dejado demasiado tiempo fuera a Rusia y a Alemania. De todas las maneras, aunque no se tuviera mucha fe en la organización con sede en Ginebra no quería decir que se la debía combatir. Lo que importaba era juzgarla y estimarla por los resultados que obtuviera, pero tampoco había que dejar por eso de intentar otros procedimientos que pudieran parecer más eficaces. Wells recordaba que siempre había defendido, antes y después de la guerra, la creación de una “supernación” o “internación” que llegara a cobijar en su seno a todos los países y pueblos. Ahora bien, en vez de ir primero a crear el organismo internacional o supranacional era mejor crear antes la función, para que luego apareciera el órgano. La función surgiría de las Conferencias.

Fabra pasó a preguntarle por la OIT, una organización que el catalán conocía bien. Wells reconocía, en cambio, que que no la conocía mucho, pero le parecía bien organizada y con una orientación excelente, ya que había admitido en su seno a Alemania y no cerraba las puertas a ningún país, pero, además, porque tenía un cometido específico que le aseguraría vitalidad.

Sobre la Conferencia que se iba a celebrar en Génova en breve (abril-mayo de 1922) y que, como sabemos, se reunió para buscar acuerdos en relación con la reconstrucción del comercio y el sistema financiero internacional, Wells no quería opinar porque, como confesaba, le faltaban datos. En todo caso, afirmó que, desgraciadamente, la actitud que adoptasen determinadas personas tenía una importancia decisiva. Y en eso sí que se explayó. Expresó que no sabía cuáles eran las relaciones entre Lloyd George y Poincaré, como tampoco sabía lo que hacía lord Nortcliffe, quien, poseía varios importantes periódicos, como The Times, y tenía grandes intereses en Francia. Lo que sí sabía era que ponía especial empeño en que el jefe del gobierno francés no se pusiera de acuerdo con el premier británico. Wells teorizó, a propósito de esta situación, sobre el papel que representaban ciertas personalidades y la prensa. En política exterior la prensa estaba ya teniendo un papel tan decisivo como el que desempeñaba en política interior. Por eso opinaba que, si los laboristas no sólo tuvieran The Daily Herald, sino más periódicos de gran tirada, tendrían un gran triunfo en las próximas elecciones generales. El poder de la prensa manejada por unos cuantos magnates enturbiaba la opinión pública. En todo caso, consideraba que el Partido Laborista todavía podía conquistar la mayoría, y que sería un hecho de suma trascendencia más allá del Reino Unido. Como sabemos, en las elecciones que se celebraron muy poco después el laborismo no alcanzó la mayoría, pero sí el segundo puesto detrás de los conservadores, siendo la primera vez que lo conseguía, por lo que constituye un hecho histórico.

Fabra aprovechó para preguntarle si seguía perteneciendo a la Sociedad Fabiana, pero Wells le contestó que ya no figuraba en ninguna Sociedad ni partido, aunque hacía todo lo posible en favor del Partido Laborista. Al parecer, le habían tentado con presentarse a las elecciones, pero no tenía ningún deseo de estar en los Comunes porque consideraba que no reunía condiciones para ello, empezando porque pensaba que no era un orador. Pero su interés por las elecciones era muy grande, apoyando concretamente al candidato laborista, el doctor Rivers, de la Universidad de Londres.

La conversación giró, en ese momento, hacia España. Fabra preguntó a Wells si era cierto que en Estados Unidos, de donde venía, se estudiaba mucho el español y la cultura española del siglo de oro. Wells confirmó este hecho. La hispanofilia norteamericana era, a su juicio, sincera, no por ningún interés político o económico, aunque no negaba que podía haber un interés, teniendo en cuenta que Estados Unidos tenía que entenderse con la América de lengua española. Wells consideraba, además, que España podía jugar un gran papel en esa América compuesta por estados que no tenían buenas relaciones entre ellos. Podía ser el lazo de unión entre ellos, porque todos tenían vínculos con la antigua metrópoli. Ese era un factor con el que se deseaba contar, por lo tanto. Pero España no alcanzaría ese papel internacional si no se desarrollaba libremente, es decir, el británico estaba resaltando la importancia de la libertad en España, del desarrollo de la misma, es decir, de la democracia.

La conversación terminó sobre el movimiento obrero. Fabra i Ribas quería saber la opinión de H.G.Wells sobre si era posible que se unieran las distintas tendencias del movimiento obrero, profundamente dividido en ese momento, como bien sabemos, después de la eclosión del comunismo.

En este punto, Wells se mostraba optimista. La Gran Guerra habría provocado grandes estragos y todavía la Humanidad se encontraba anonadada después del golpe sufrió, pero la lección iba a ser aprovechada. Los antiguos regímenes bien sabían que se transformaban o perecían porque ya no podían resistir los embates de las crisis producidas por empeñarse en resolver los problemas de la posguerra con los procedimientos del pasado que, precisamente, habían sido los que habían provocado el conflicto. Y, en este sentido, el movimiento obrero no olvidaría el resultado obtenido con la aplicación de abstracciones dogmáticas a las realidades de la vida. Wells afirmaba que nadie admiraba más que el mismo el milagro que suponía el mantenimiento en el poder de los comunistas rusos durante tanto tiempo. Respetaba la honradez y entereza de los defensores de los Soviets, pero su dogmatismo, que les hacía desdeñar a los hombres para fijarse únicamente en las cosas, les había aislado de aquellos elementos que se proponía conquistar. De la barbarie de la guerra y de la experiencia comunista rusa saldrían, a su entender, la humanización de las futuras luchas. Sin lugar a dudas, Wells era un optimista.

La crónica de la conversación se recogió en la primera página del número 4081, del 22 de marzo de 1922, de El Socialista.

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