El socialismo y el reformismo: reflexiones belgas en entreguerras

Historia

n los años veinte apareció un libro sobre la “reforma del reformismo” en Bélgica, obra de dos socialistas, Joseph Wauters y Viewe. De los dos hay que destacar al primero, y al que hemos dedicado cierta atención en este periódico por su protagonismo en el Partido Obrero Belga, además de dirigir Le Peuple, y ser un ministro de Trabajo muy implicado en la elaboración de una legislación social en el Gobierno de Reconstrucción Nacional, en el que entró con otros dos destacados socialistas, Vandervelde y Anseele.

 

En El Socialista se publicó la reseña del mismo por parte de J. Patou. Creemos que puede ser interesante detenernos en este material porque plantea la cuestión el reformismo en relación con el socialismo, en el contexto de colaboración ministerial del mismo, ya superada la etapa en la que el socialismo europeo consideraba que no se podía entrar en gobiernos con otras fuerzas políticas, aunque fueran de signo progresista, cuestión que generaría grandes debates en el seno de la Segunda Internacional y en el de los propios partidos, incluido el español.

El libro comenzaba explicando la potencia del Partido Obrero Belga después de la Gran guerra, y su acción política, insistiendo en los progresos realizados y las condiciones puestas por los socialistas en su colaboración ministerial. Los autores no eran contrarios a la misma (recordemos el papel de Wauters) porque era una cuestión de circunstancias, aunque también afirmaban que no era necesario estar en el Gobierno para desear el mantenimiento de una gran reforma, y que había momentos en los que la participación del Partido en un “Gobierno burgués” se hacía completamente imposible.

Viewe planteaba la primera cuestión en relación con las reformas que había que emprender, y que tenía que ver con la pregunta de si se podía justificar la colaboración para lograr ese fin. Había que estudiar si las reformas no tenían un contrapeso en las concesiones que los socialistas estarían obligados a hacer, y que podrían destruir al propio Partido. En segundo lugar, había que examinar si la práctica constante del reformismo se imponía en interés del fin que los socialistas perseguían o si, como afirmaban los socialistas colectivistas y los comunistas, no retrasaría la transformación de la propiedad capitalista en social.

Los autores no contestaban a estos interrogantes, planteando que con o sin colaboración era preciso un programa social. En este sentido, el mismo Viewe esbozaba algunos puntos del mismo: creación de consejos consultivos en el ámbito laboral, reforma del procedimiento parlamentario, servicio militar de seis meses, impuesto sobre el capital, autonomía comunal, reforma de la administración, etc.

Por su parte, Wauters trató de la distinción entre doctrina y programa. Explicaba en el libro que el socialismo de Europa occidental se había visto sorprendido por sucesos que no se habían producido con arreglo a las fórmulas que había predicho Marx. Se había producido un fenómeno de pereza intelectual por parte de algunos socialistas que habían imaginado que la evolución económica y social se iba a desenvolver según las hipótesis del teórico alemán. Citaba como fenómenos que no se habían previsto el surgimiento del comunismo eslavo, “el sueño del proletariado del Extremo Oriente”, el necolonialismo, el nacimiento de un poderoso movimiento agrícola, la revolución agraria, la creación por parte de los patronos de nuevos medios para la lucha de clase, y el vertiginoso sistema de concentración capitalista. El socialismo fuera de Europa, para el político belga, no había prendido después de la Gran Guerra como había sido de esperar, es decir, que se había quedado en un movimiento propio de Europa.

Después, Wauters criticaba determinados estados de ánimo que creaban confusión entre las funciones y las instituciones democráticas, lo que denominó “conservadurismo democrático”. Terminaba queriendo dejar claro que no quería establecer confusión entre el reformismo como fin y el reformismo como medio, sino en que había que pensar en la transformación efectiva del régimen. Como podemos, comprobar, no se daban soluciones, pero sí se fomentaba el debate.

El artículo se publicó en el número del 5 de enero de 1927 de El Socialista.

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