La insurrección polaca de 1863

Historia

La revolución de 1830 se había saldado con un gran fracaso para los polacos, generando una dura represión y emprendiéndose un intenso programa de rusificación. El zar Nicolás I cerró las escuelas y prohibió el idioma polaco. Muchos polacos marcharon al exilio iniciando campañas propagandísticas contra los rusos entre la opinión pública occidental, especialmente en Francia.

Alejandro II optó por intentar rebajar la tensión e iniciar la reconciliación con los polacos. Reabrió las escuelas, permitió el idioma y las publicaciones periódicas, pero que fueron aprovechadas para difundir el espíritu nacionalista polaco. En el plano organizativo permitió la creación de organizaciones plenamente polacas, como la Academia de Medicina y la Sociedad Agrícola. Para gobernar Polonia nombró a Wielopolski, un nacionalista polaco que había participado en la revolución de 1830 pero de tendencias moderadas.

La política reconciliadora del zar no apaciguó los ánimos nacionalistas polacos sino todo lo contrario, ya que estimuló la oposición a los rusos porque aunque no era el objetivo de San Petersburgo se crearon muchas expectativas. Al calor de las mismas se estableció un intenso debate en el seno del nacionalismo polaco, marcándose dos tendencias. Los moderados seguían a Wielopolski. Pero luego estaban los más radicales que aprovecharon el fracaso de la primera tendencia en el Congreso de París de 1856, que estableció el Tratado que solucionó la Guerra de Crimea, pero donde los moderados no consiguieron que se tratase ni mencionase la realidad polaca. Los radicales, además, se sintieron fuertes ante el ejemplo de las acciones de Garibaldi en Italia.

La división del nacionalismo polaco tenía su traducción social. Los radicales eran apoyados en las ciudades, entre los artesanos, burgueses, los funcionarios y la baja nobleza. En el campo, el numeroso campesinado fue renuente a las ideas nacionalistas en un primer momento pero luego terminaron por aceptar la postura moderada ante la promesa de un futuro reparto de las tierras.

El nacionalismo radical exigía un gobierno propio y una Universidad plenamente polaca, y recordaba la necesidad de recuperar los territorios que se perdieron en el siglo XVIII, algo sobre lo que los rusos no estaban dispuestos ni a pensar.

En febrero de 1861, el zar reprimió con especial dureza una manifestación nacionalista en Varsovia. Este episodio marcaría lo que ocurrió en enero de 1863, cuando los jóvenes polacos se negaron a formar obligatoriamente en las filas del ejército ruso. Las manifestaciones se reprimieron pero estalló la violencia en las ciudades polacas principales. Durante año y medio, es decir, hasta mediados de 1864, los nacionalistas polacos desafiaron al ejército ruso. Encontraron el apoyo de voluntarios franceses, húngaros e italianos. En la revuelta también intervino el ejército prusiano al lado del ruso porque Berlín temía esta revuelta y no deseaba la creación de una Polonia independiente. Pero los grupos armados polacos, verdaderas guerrillas, no pudieron hacer frente durante mucho tiempo a tropas muy bien organizadas como las rusas y prusianas.

Sofocada la revuelta la represión alcanzó el paroxismo. Se dejó de denominar a Polonia con el título de Reino para pasar a ser el “Territorio del Vístula”. Se ajustició a muchísimos líderes nacionalistas rebeldes, las escuelas se volvieron a cerrar y el polaco tornó a ser un idioma prohibido. Todas las concesiones de gobierno y autonomía fueron abolidas inmediatamente.

Pero además de esta represión sin contemplaciones, Alejandro II utilizó una táctica política novedosa, consistente en intentar dividir a los polacos. Consciente del conservadurismo de los campesinos, población mayoritaria en Polonia, les concedió las tierras expropiadas a los nobles nacionalistas. Por fin, utilizó la propaganda para mostrar al mundo los atentados nacionalistas contra las instalaciones rusas.

En todo caso, la represión rusa, el empleo de su temida policía política, despertó la indignación de la opinión pública occidental. Los exiliados polacos hicieron un profundo autoanálisis de sus acciones y de la situación, llegando a la conclusión de que era conveniente realizar un esfuerzo mayor en el plano organizativo, aprovechando la simpatía europea a su causa. Rusia había vencido pero no había conseguido domeñar al nacionalismo polaco.

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