A vueltas con el debate sobre la afiliación de aristócratas y ricos en el laborismo en los años veinte

Historia

“El deber de un socialista rico es hacerse más socialista”

En un artículo pasado tratamos sobre cómo se había generado en el Reino Unido un gran debate en el invierno de 1926-1927 sobre la incorporación de aristócratas y personajes de posición económica elevada en el seno de un potente Partido Laborista que ha ya había desbancado al Partido Liberal en el bipartidismo y que había alcanzado ya el poder. Nos centramos en el artículo que publicó Arthur Pousonby al respecto, un miembro de ese grupo elevado, y que había ingreso en el Partido Laborista. Pues bien, seguimos en esta cuestión acercándonos a un acto protagonizado por el laborista J.R. Clynes, personaje que, a comienzo de la década había dirigido el Partido, y que se involucró en el debate. En algunos aspectos la cuestión tiene una evidente actualidad al tratar sobre la situación económica personal y la conciencia de clase.

Clynes pronunció un discurso en Tottenham para contestar la campaña conservadora contra los británicos de elevada posición económica que se estaban inclinando por el laborismo. Dado el auge del Partido los tories reaccionaron con fuerza frente a personajes que, en teoría, tenían que ser partidarios del conservadurismo.

El discurso se centró en la máxima con la que hemos encabezado el texto: “El deber de un socialista rico es hacerse más socialista”, continuada con la afirmación de que no debía cometer la tontería de hacerse un pobre más repartiendo su dinero.

Para Clynes algunos de los mejores amigos del laborismo eran hombres de dinero, mientras que algunos de los peores enemigos del mismo eran trabajadores que no habían comprendido las ideas socialistas. El deber del laborismo era elevar la condición de las clases trabajadoras porque eran las que lo necesitaban. El socialismo no podría defender el empobrecimiento sino la mejora duradera. En ningún punto del socialismo se decía que sus seguidores tuvieran que ser pobres. El socialismo pretendía ampliar, sin recurrir al recurso de la caridad individual, sino por la acción general, las oportunidades de una vida mejor.

Los hombres de toda clase y condición podían servir al laborismo, y perseguir sus intereses particulares. El Partido solamente exigía una “convicción honrada”. Cuando se quería ingresar en la formación no se preguntaba el medio de vida sino sus ideas sobre el sistema de gobierno del país y, sobre todo, sobre los cambios que propugnaba el socialismo.

Los socialistas españoles, muy pendientes del laborismo en la década de los años veinte, recogieron este acto en el número del 9 de enero de 1927 de El Socialista. El artículo al que nos hacíamos referencia en el inicio del presente se publicó en El Obrero.

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