Enseñanza de la Historia a propósito de sugerencias del pasado

Política

Trabajando con los materiales que nos aporta la prensa socialista en los años treinta en nuestras investigaciones nos han llamado la atención dos artículos en relación con la forma de enseñar los tesoros de los Sitios Reales por parte de los guías, y sobre la enseñanza de la historia, ambos de la época de la Segunda República. Los dos, a pesar de la gran distancia temporal, nos inspiran sobre el oficio del profesor de Historia, especialmente en Secundaria.

 

¿Qué enseñamos en las aulas españolas cuando toca Historia o Historia del Arte? Lo que establecen las programaciones didácticas, debidamente aprobadas por los servicios de Inspección correspondientes con arreglo a las legislaciones estatal y autonómicas. Esa es la respuesta, pero…

Sí, pero ¿le damos algún sentido peculiar a esos contenidos, organizados en bloques y unidades didácticas? Es evidente, cada docente, cada centro educativo tiene su libertad de cátedra e incide más en algunas cuestiones, y se plantean distintas interpretaciones. La enseñanza de la Historia, como la disciplina misma, no es única, no es un dogma de fe, por mucho que los intransigentes lo pretendan. Esa enseñanza debe ajustarse al marco legal, pero tiene espacios propios, libres, porque nuestro sistema es democrático. Y aquí llegan esas sugerencias del pasado, a las que aludíamos al comenzar este artículo.

En la columna periodística sobre los guías de las colecciones reales se decía, y es evidente que con un marcado carácter antimonárquico, ya que es un texto de un periódico de izquierdas y de la época republicana, que solamente se incidía en los valores estéticos de los objetos artísticos, poniendo ejemplos de los mismos. No se cuestionaba ese aspecto, pero se consideraba que las explicaciones para los visitantes o turistas se quedaban cortas. Si superamos los aspectos coyunturales del contexto en el que se escribió el artículo, algo podemos sacar. Y por eso nos preguntamos, ¿cuándo explicamos el cambio estructural y estético que supusieron las catedrales góticas, por ejemplo, recordamos con qué esfuerzo se hicieron, de dónde salió el dinero, quién sudó no solamente levantando sillares sino cultivando la tierra para pagar una renta o un diezmo. ¿Y ese templo jónico, el Erecteion, joya de la Acrópolis ateniense, cómo se puso en pie?, ¿Por qué las joyas artísticas y culturales de Grecia se pudieron realizar?, ¿quién trabajaba en la sociedad antigua para que la belleza y la armonía fueran un legado perenne?

El otro artículo plantea una sugerencia muy interesante, a nuestro juicio. No había que modificar mucho los programas educativos de la Historia porque de todos los hechos se podían sacar lecciones distintas, realizar más de una lectura de los mismos. Y el texto ponía ejemplos de cómo se había enseñado la Historia, especialmente desde la Dictadura de Primo de Rivera. Se habían glorificado los triunfos guerreros del emperador Carlos, pero, el artículo recordaba que se había obviado la miseria provocada por los mismos. En el imperio de Felipe II no se ponía el sol, pero, y de nuevo el recordatorio, el monarca habría tenido que ir mendigando plata para acuñar moneda, etc. Así pues, podían seguir enseñándose esas hazañas o hechos porque formaban parte de la Historia, pero sin olvidar la otra cara de los mismos, y sus consecuencias.

Algunos no nos cansamos de intentar fomentar en los alumnos el intenso placer estético que supone contemplar una pintura de Tiziano, o que puedan llegar a sentir la emoción que nos atrapa al entrar en una catedral gótica, donde parece que el espíritu, aunque no se sea religioso, se eleva por las nervaduras hasta las bóvedas de crucería entre las luces de las vidrieras y rosetones. Tampoco se nos olvida que reflexionen ante los rostros del Fayum con sus miradas penetrantes, y que parece estar entre la vida y la muerte, entre lo egipcio y lo greco-romano, y así mil ejemplos. Tampoco obviamos las luchas entre las galeras en Lepanto, ni lo que supuso la Batalla de las Navas de Tolosa en el devenir histórico medieval.

Pero, siempre recordamos que esas catedrales, pinturas, batallas y esfuerzos titánicos se hicieron con el sudor de los que trabajaban, que pudieron generar miseria y padecimientos, que las mujeres, que no aparecen más que como reinas, no eran invisibles, porque sin ellas el mundo no hubiera existido, que había como ahora muchos marginados de todo tipo. Y que detrás de la maravilla que supone la máquina de vapor había jornadas agotadoras de 12 o 15 horas, o niños bajando a las minas de carbón. Si nos quedamos en las glorias, en los fastos reales, las intrigas y debates en las instituciones de gobierno, en la belleza y en el sentido religioso del arte, o el progreso técnico, y no vemos la otra cara, habremos elegido solamente enseñar una parte de la Historia. Es legítimo, por supuesto, pero nosotros preferimos ver las dos caras, otra opción legítima, claro está.

 
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