La defensa de un proyecto político en las derrotas internas: reflexionando con Manuel de la Rocha y Manuel Cordero

Política

Hace unos días el veterano socialista y ugetista Manuel de la Rocha Rubí explicaba en El Diario.es sus cincuenta años de militancia política y social, ofreciéndonos de nuevo su intenso compromiso en el ámbito socialista. Lo que más nos interesó, aunque no nos llamó la atención, conociendo a Manolo, fue su afirmación final cuando expresaba que en distintas ocasiones cuando las posiciones que había defendido o compartido en el Partido Socialista eran derrotadas le habían planteado que por qué no dejaba el PSOE y se incorporaba a otra formación política, como habrían hecho otros compañeros. Pero él contestaba que siempre había tenido claro su sitio, porque se sentía partícipe de una tradición de “larga traza”, la socialista, que era plural y que se canalizaba desde hace 143 años, a pesar de los errores y desacuerdos con el Partido. Y nosotros añadiríamos a esta afirmación, que ha mantenido su fidelidad defendiendo siempre sus posiciones con elegancia y combatiendo las posturas cainitas o descalificatorias en los debates internos del socialismo español, algunos de gran envergadura, como el que llevó a la creación de Izquierda Socialista.

 

Pues bien, de nuevo nos vamos al pasado para comprobar que esta postura de fidelidad desde el mantenimiento de posicionamientos propios y que no tendrían que coincidir con los que terminan triunfando en las organizaciones políticas, y que defiende Manuel de la Rocha en nuestro presente, tiene precedentes, como la que nos demostraría el también sindicalista y socialista, panadero de profesión, Manuel Cordero, cuando su postura contraria al mantenimiento de la Conjunción Republicano-Socialista fue derrotada en el Congreso del PSOE en 1915. De la Rocha como Cordero, salvando las distancias y los contextos, nos hablan, insistimos, de la fidelidad al compromiso adquirido, sobre todo en las derrotas internas, una actitud que tanto en el pasado como en el presente no abunda mucho en ninguno de los dos grandes universos políticos, la izquierda y la derecha, cuando observamos muchos casos de enfados y abandonos, algunas veces, todo hay que decirlo, muy justificados, pero en otros muchos más solamente como resultado de posicionamientos frívolos o poco meditados sobre donde se encuentra uno en un política o en una organización política.

Manuel Cordero confesaba en noviembre de 1915 en Acción Socialista que siempre había sido anticonjuncionista, fiel a la tradición del Partido que establecía que el ideal socialista era una "cosa opuesta” a todos los partidos “burgueses”, y que el proletariado había de conseguir su mejoramiento unido en un partido de clase. Nada se podía esperar de los otros partidos. El obrero era igualmente explotado por un patrono monárquico que por otro republicano. Cordero seguía, como vemos, la postura clásica del PSOE, profundamente obrerista, y que siempre había defendido con mano de hierro, todo hay que decirlo, el propio Pablo Iglesias.

Pero Cordero aceptó la decisión del Congreso y ahí acaba la discusión, siguiendo siendo fiel al Partido y a su servicio en la causa de la emancipación de los trabajadores. Lo que quería manifestar públicamente era que no compartía los términos, a los que calificó de poco agradables, de los compañeros que más se habían distinguido en combatir la Conjunción. No queremos demorarnos mucho en aspectos más interesantes para un artículo de historia que para uno de opinión. En todo caso, Cordero relataba en su artículo, y que podemos consultar en el número 87 de la mencionada Acción Socialista, los argumentos de los contrarios a la Conjunción con los que no estaba de acuerdo porque no se centraban en ideas y políticas. Combatía con elegancia y sin espíritu cainita, aquellas críticas que nosotros podríamos calificar de insidiosas sobre los compañeros que defendían el mantenimiento de la Conjunción por egoísmo e intereses propios. Pero, además y esto parece entroncar con lo que nos explica hoy Manuel de la Rocha, criticaba que una derrota en el seno del Partido no era un argumento válido para darse de baja en el mismo, como había ocurrido en alguna Agrupación. Un buen socialista debía tener arraigadas convicciones.

Terminaba Cordero diciendo lo siguiente:

“Hay que fundamentar la crítica en sentimientos más elevados y no creer que el que piensa de manera opuesta que uno lo hace por móviles bastardos, porque si no habría aquello de decir que: “Piensa el ladrón, etc…”

Toda una lección para el debate político interno de los partidos, pero también para el externo. Toda una lección de un personaje público del pasado que en la derrota seguía pensando que su sitio era el mismo, y que para debatir hay que hacerlo con argumentos sólidos, con ideas.

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