Kissinger o la brillantez de Maquiavelo

Política

Henry Kissinger ha sido un personaje, sin lugar a dudas, fascinante, y lo ha sido hasta su muerte, consiguiendo, además llegar a los cien años. Pocos políticos en el pasado siglo pueden ser considerados tan inteligentes y brillantes, con una sólida formación y una carrera académica destacadísimas y, a su vez, con altísimas responsabilidades políticas en el ámbito exterior de un país determinante en la organización del mundo, especialmente en una década de profundos cambios y crisis como fue la de los setenta.

 

Los libros de Kissinger demuestran esa brillantez a la que aludimos, su sólida formación, sus amplios conocimientos sobre la historia y el presente de las relaciones internacionales. Pero, como decimos, pudo poner en práctica todo su bagaje desde la Casa Blanca asesorando, y tomando decisiones, y, sobre todo, desde la Secretaría de Estado. Su logro más sonado fue que Estados Unidos y China estableciesen relaciones internacionales entre sí, un éxito rotundo, sin lugar a dudas.

Pero, fiel a principios maquiavélicos aplicados a la contemporaneidad sobre cómo defender los intereses de los Estados Unidos, el país que le acogió, huyendo de jovencito del horror nazi, apoyó, defendió o promovió acciones que renovaron a través de las mismas el debate entre moral y razón de Estado, un tema tan importante, planteado por vez primera por Maquiavelo en el momento histórico en el que nacía el Estado Moderno.

Todo lo que tiene que ver con el golpe en Chile, y las dictaduras del cono sur americano es algo que tiene que ver con la política defendida por Kissinger. Estados Unidos entendió que así se defendían sus intereses y los de Occidente, sacrificando la democracia y, en consecuencia, generando un elevado e intolerable nivel de sufrimiento humano, ampliamente conocido por todo el mundo, frente a supuestos peligros desestabilizadores de signo comunista en América.

Si no podemos negar que podemos sentir fascinación intelectual ante un personaje tan brillante y por plantear de nuevo el debate aludido entre moral y razón de Estado, por otro, no podemos dejar de sentir una intensa indignación por las consecuencias prácticas de elegir la segunda en dicha disyuntiva.

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