Lo identitario y la conciencia de clase

Política

En estos tiempos asistimos en España a un auge de lo identitario, tanto desde el nacionalismo sin Estado como desde el de signo españolista. El “procés” ha precipitado un renovado auge del nacionalismo español, y el anuncio de la amnistía ha llevado esta cuestión casi al paroxismo, incidiendo en muchos sectores sociales, más allá de los de condición económica elevada, descolocando a las izquierdas.

 

El populismo español tiene en lo identitario un elemento muy fuerte, seguramente más que otros populismos, como el que vemos en Italia, o en Brasil y ahora en Argentina. La defensa de la “patria española” y de sus símbolos, coqueteando, por otro lado, con la herencia franquista, ahora remozada con una presencia evidente en los espacios públicos, se ha convertido en una especie de argamasa que une a amplios sectores de la población, y ha hecho que sea lo único por lo que luchar en España, frente a otras reivindicaciones o demandas de tipo social o económico. Bien es cierto que las derechas españolas nunca se han manifestado porque se alcancen mejoras sociales, sanitarias o educativas, o porque los poderes públicos intervengan para aminorar las brechas de la desigualdad económica, o por la situación de minorías de todo tipo, ni mucho menos por los derechos lgtbi. Pero, ahora, aparcadas aún más estas cuestiones, lo fundamental es luchar en la calle, en los medios y en las instituciones para que España no se destruya, rompa, fragmente, etc. Al parecer, asistimos a un ataque frontal contra el país por parte del nacionalismo catalán, asistido en silencio por el vasco, y con la inestimable ayuda de la izquierda nacional (PSOE, Sumar y Podemos), en una suerte de renovada anti-España. Estaríamos viviendo uno de los episodios que, supuesta y periódicamente, y desde las concepciones del universo conservador español, se producen desde los tiempos del auge catalanista en el reinado de Alfonso XIII, con episodios de paroxismo en la Segunda República, y luego en la actual democracia. Esta concepción lleva a que se llegue a rezar en espacios públicos por España, en una nueva versión de nacionalcatolicismo adaptado al siglo XXI, al vincular este país con la religión católica, de nuevo.

Pero volviendo a la izquierda y a su descolocamiento ante esta ofensiva del nacionalismo españolista, se observa que el viejo principio de que la población, en su mayoría tiende a preocuparse de las injusticias sociales, de los derechos lesionados, del paro, de la carestía de la vida, de contar con una sanidad y educación públicas de calidad, de un más fácil acceso a la vivienda, de la redistribución de la riqueza, en fin, no parece ya casi universalmente compartido. Eso formaría parte de lo que podríamos llamar una difusa conciencia de clase, aunque luego cada ciudadano o ciudadana considerase distintos modos y grados a la hora de acercarse a la igualdad no sólo ante la ley, sino a la socioeconómica, y que se plasmaría en la pluralidad en el seno de las fuerzas políticas de la izquierda.

La conciencia de clase, o si se quiere, la conciencia de pertenecer a un sector, en realidad, mayoritario en número, que depende de su salario para salir adelante, de que, en ocasiones, cada día más frecuente, ese salario ya no es suficiente, ha sido desbordado, aunque no hundido, por el principio identitario. Los sectores conservadores de este país pueden sentirse orgullosos, especialmente los mediáticos, porque han conseguido esto que afirmamos, es decir, que hay que luchar por la patria y no por los salarios o la sanidad y educación porque nuestra vida va en la supervivencia de España.

La izquierda debería reflexionar sobre estas cuestiones, sobre sus errores, ensimismamientos, cainismos varios y sobre lo que es hoy la batalla de la información.

Seguramente, hay que insistir que detrás de toda esta campaña, del ruido, de la violencia verbal y hasta física, etc, no hay más que una cortina de humo, eso sí, espesísimo que solamente pretende esconder que el asalto al poder de las derechas no se pudo consumar en el verano pasado, y que pretendía poder ajustar cuentas con las medidas socioeconómicas aprobadas en los últimos tiempos, y que lesionarían los intereses de quienes realmente representan las derechas, y que no son los de la inmensa mayoría de españoles y españolas.

Pero, además, la patria no se va a romper, como, realmente, no se ha roto nunca, seguramente porque la propia izquierda, desde siempre, ha contribuido a que eso no ocurra, porque los nacionalismos sin Estado son y han sido más débiles de lo que se nos cuenta, sin olvidar el entramado internacional en el que se encuentra España tan contrario a fomentar o permitir aventuras de ningún tipo.

Pero la patria podía haber comenzado a vivir una situación harto complicada para los desfavorecidos, para las minorías, para la cultura y los derechos individuales y colectivos si la alianza entre esas dos derechas que, se miran de reojo con cierta desazón, se hubiera producido, por mucho “teatro” que hubieran escenificado para apoyarse mutuamente.

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