Las Bastillas a derribar

Política

En 1889 se celebró el centenario de la Revolución francesa y ese hecho planteó al socialismo si se debía sumarse o no a este hecho, ejemplificado en la toma de la Bastilla el 14 de julio.

 

Pues bien, el socialismo español planteó su postura sobre ese acontecimiento que recordamos hoy porque nos parece sugerente y puede ayudarnos desde la izquierda, salvando algunas cuestiones de la época, para la actualidad.

El socialismo español consideraba que no se podía comprender a quienes defendiendo la lucha de clases conmemorasen aquel acontecimiento y hasta increpasen a quienes no lo hacían.

Ciertamente, el triunfo de la burguesía, que representaba la Revolución francesa, sobre la nobleza y la teocracia señalaba un evidente progreso en la historia de la humanidad. Pero dicha victoria no tuvo por objeto favorecer a los que trabajaban ni habría mejorado la vida de los obreros, y, por lo tanto, ese hecho no les pertenecía y no debían celebrarlo.

La Bastilla era una cárcel donde se encerraba a quienes el régimen imperante consideraba como perjudiciales. Si la burguesía hizo que el pueblo la tomara y luego se arrasara no había sido para inaugurar un verdadero sistema de libertad y justicia, sino para vengar a los suyos que habían muerto en dicha prisión y, sobre todo, para convertir a la Bastilla en todo un símbolo de la sociedad feudal que se había combatido.

Si el pueblo celebraba este hecho por participar en el mismo tendría que hacer lo mismo con todas las acciones por las que la burguesía había vencido al feudalismo porque el pueblo, como habría apuntado Marx, antes de pelear contra sus enemigos lo había hecho contra los enemigos de sus enemigos.

No se podía, por lo tanto, celebrar la toma de la Bastilla porque la burguesía había levantado, a continuación, otras prisiones más terribles para encerrar a los asalariados y hacerles padecer en las mismas, en alusión a las fábricas, talleres y minas, es decir, los modernos centros de producción.

Si la Bastilla feudal tenía gobernadores sanguinarios, las Bastillas capitalistas los tenían peores, pues encargados y capataces no tenían nada que enviar a aquellos en cuanto a “ferocidad y dureza de corazón”.

Así pues, los socialistas que querían evitar confusiones no debían considerar la toma de la Bastilla como un acto revolucionario o un acontecimiento obrero. Las fechas que la clase trabajadora consciente debía conmemorar serían aquellas en las que los suyos, “obrando con personalidad propia, procediendo como tal clase”, hubieran peleado por sus intereses, en una clara afirmación de la conciencia de clase.

Y lo que más puede interesarnos en la realidad es que se recordaba que las Bastillas que el pueblo debía derribar estaban en pie todavía, y, nosotros añadiríamos, no sólo en 1889, sino también en nuestro presente. Por eso había que conmemorar a los que habían luchado contra esas Bastillas.

Así pues, y en clave de ahora, ¿no hay Bastillas que derribar en este tiempo? Creemos que sí, y muchas.