La pervivencia del franquismo en el autoritarismo actual

Política

Una de las pervivencias persistentes del franquismo en nuestro país tiene que ver con las tentaciones autoritarias que determinados personajes públicos y no tan públicos tienen en la vida social, económica y política de nuestro país. El franquismo dejó más atado el virus del autoritarismo que otras cuestiones que, siendo importantes, casi no lo son tanto como aquel. Tantos años de ejercicio autoritario del poder, de propaganda y de maniqueísmo han impregnado hasta la médula muchas conciencias y hábitos personales y sociales. Todavía hay ciertas ideas y conductas relativas a que los problemas o ciertas situaciones se resuelven con "mano dura", y aún se oyen expresiones como "eso lo arreglaba yo con un par de bofetadas o metiéndoles en la cárcel a cadena perpetua o restaurando la pena de muerte" o en versión moderna “mandándoles a Venezuela”, aplicadas a situaciones de lo más variopinto. Hay personas que piensan que la máxima eficacia está en que uno o unos pocos tomen decisiones y los demás obedezcan, cuando no se dan cuenta, o no se quieren dar cuenta que las decisiones tomadas después de un buen debate de ideas, una votación democrática, o por consenso, o por amplias mayorías suelen ser más efectivas, sin negar que hay que respetar autoridades y ciertas jerarquías en el sistema político democrático, las empresas, asociaciones y grupos. La empatía, el diálogo, la confrontación de ideas y el respeto al contrincante político o en otros ámbitos no abundan mucho, y menos en tiempos de crisis. Es la tentación autoritaria frente a la legítima autoridad de un sistema democrático de convivencia donde, además, debe imperar la autoridad moral y un moderado ejercicio del monopolio de la fuerza.

 

Una dictadura, como la que este país tuvo que soportar durante casi cuatro decenios, no enseña a dialogar, educa para obedecer, servir, acatar y callar. No caben discusiones ni matices, ni se cuestionan las decisiones del jefe, del superior, del líder, de la organización. Funciona la jerarquía, el orden cerrado, no los consensos ganados democráticamente, ni los debates, ni las aportaciones diversas. Hay una cierta tendencia a criticar a los partidos o asociaciones que tienen corrientes internas distintas. La pluralidad, un valor en sí mismo, es repudiada como signo de debilidad. Tanto en la derecha como en algunos sectores de la izquierda ha habido y hay hoy ejemplos de lo que decimos sobre el odio que suscitan las posturas más o menos libres, confundiendo la necesaria coherencia cuando se pertenece a una organización política o de otro signo, con el acatamiento puro y duro, sin discusiones. Hay líderes políticos que consideran que el electorado quiere partidos uniformes, sin divergencias internas, además de mayorías absolutas arrolladoras. Afortunadamente, la realidad es tozuda y nos demuestra que la uniformidad no existe, y que nuestra sociedad es muy plural. Hoy no hay partidos uniformes ni mayorías absolutas.

Pero lo más preocupante es la batería de leyes y medidas contra algunos derechos y libertades ganados con un inmenso esfuerzo, y por qué no decirlo, con sangre, y que quedaron reconocidos y garantizados en la Constitución. ¿No estamos ante un retroceso en relación con el derecho de manifestación en este país?, ¿se pueden alterar leyes o cuestiones fundamentales de forma unilateral?, ¿estamos ante un ataque frontal hacia uno de los pilares democráticos como son los sindicatos, independientemente de sus crisis y problemas internos?, ¿no se han vulnerado casi todos los derechos de los inmigrantes sin papeles por el hecho de que no tienen papeles y, por lo tanto, no eran considerados como ciudadanos ni ciudadanas?, ¿sigue habiendo derechos laborales?, ¿no se está atacando el derecho de huelga?, ¿fue justo intentar imponer una determinada moral a todas las mujeres españolas?, ¿a qué obedece la nueva ola de homofobia, transfobia y machismo violento?, ¿por qué ha habido esa facilidad para legislar a golpe de decreto, sin debate parlamentario?, ¿por qué se persiguen con tanta saña algunas cosas frente a la corrupción que mancha de forma casi indeleble el noble ejercicio de la política y la gestión pública?

En fin, ¿no hemos padecido un resurgir de las tentaciones autoritarias de la derecha?, ¿no sigue prisionera de los modos y formas de la dictadura franquista? En la última legislatura la mayoría absoluta ha servido de patente de corso, según su defensa del fundamentalismo democrático, para aprobar leyes que restringen derechos de todo tipo, además de desarrollar un ejercicio casi despótico de la política. Ahora estamos viendo sus consecuencias. Esperemos que la nueva situación política destierre estas lacras de la convivencia, pero lamentablemente vemos que han calado muy profundamente. Ahora hay que hablar, pactar, ceder, escuchar al otro, con debates de ideas y proyectos, no de descalificaciones personales. Solamente por eso bienvenida sea la nueva situación.

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