El derribo de la columna Vendôme en el París de la Comuna

Historia

El derribo de monumentos por parte de manifestantes, revolucionarios o por decisión de gobiernos es una constante histórica. Los símbolos tienen una gran importancia y por ello son levantados y derribados. En este apunte nos acercamos a uno de los derribos más llamativos de la Historia, el de la Columna de la Plaza Vendôme de París en plena Comuna.

 

La Columna fue levantada por orden de Napoleón para conmemorar su victoria en Austerlitz. Posteriormente, el emperador Napoleón III mandó colocar una estatua de su tío en la cúspide, obra de August Dumont. La columna está decorada con relieves con escenas de guerra, a la manera de la Columna Trajana en Roma.

En la Comuna fue derribada porque fue considerada un símbolo de la tiranía y del militarismo. Se da la circunstancia de que el pintor Gustave Courbet, a la sazón presidente de la Comisión de Artes, sería responsabilizado de este hecho, y condenado a unos meses en la cárcel y a costear los gastos de la reconstrucción, aunque huyó a Suiza para evitar pagar una multa desorbitada. Debemos recordar que Courbet fue un pintor que desarrolló un claro compromiso republicano y socialista, y siempre fue muy mal visto por la burguesía francesa.

Pues bien, por nuestra parte rescatamos un texto, poco conocido, que relata el momento del derribo.

El texto ha sido consultado en El Socialista, que en entregas publicó entre 1888 y 1889 una pormenorizada historia de la Comuna, dada la importancia que siempre tuvo para los socialistas españoles este hecho:

“…Todos los esfuerzos hechos para impedir el derribo, para distraer a los obreros habían sido vanos. A las dos de la tarde una muchedumbre inmensa llenaba todas las calles que desembocaban en la plaza Vendome, muchedumbre un poco inquieta por el resultado de la operación. Los reaccionarios pronosticaban todo género de catástrofes. El ingeniero encargado del derribo afirmaba que no habría choque, que la columna se quebraría en el aire, a cuyo fin la había aserrado horizontalmente un poco más arriba del pedestal. Una cortadura en forma de bisel debía facilitar la caída hacia atrás sobre un vasto lecho de haces de leña, arena y estiércol, acumulado en el eje de la calle de la Paix.

Un cable, atado en la cúspide de la columna, se enrollaba a un cabestrante fijado en la entrada de la calle. La plaza se hallaba ocupada en parte por los milicianos nacionales y curiosos. A falta de Julio Simón y Julio Ferry, que en otro tiempo fueron partidarios entusiastas del derribo, Glais-Bizoin vino a felicitar a Ferré, que acababa de reemplazar a Cournet en el cargo de prefecto de policía, y le declaró que su más ardiente deseo, hacia cuarenta años, era ver derribar aquel monumento expiatorio.

Las músicas tocaron la Marsellesa; el cabestrante empezó a virar, pero la polea se rompió y un hombre fue herido. Rumores de traición circulaban ya, cuando una segunda polea fue instalada. A las cinco y cuarto un oficial se presentó en la balaustrada, agitó por espacio de un algún tiempo una bandera y la ató a la verja. A las cinco y media el cabestrante viró de nuevo; algunos minutos después la extremidad de la columna se movió lentamente; el cuerpo de la misma se movió lentamente; el cuerpo de la misma se inclinó poco a poco, y luego, bruscamente, se rompió en el aire con zigzags de centella y derrumbóse lanzando un sordo gemido.

La cabeza de Bonaparte rodó por el suelo, y su brazo parricida quedó separado del tronco. Una inmensa aclamación, como de un pueblo libertado, salió de millares de pechos. Saludada de clamores entusiastas, la bandera roja ondeó sobre el pedestal purificado, que aquel día fue convertido en altar del género humano.

Los individuos del Consejo de la Commune presentes al acto cometieron la torpeza de impedir que el pueblo se repartiese los restos de la columna. Siete días después los versalleses los recogieron, y uno de los primeros actos de la burguesía victoriosa fue erigir nuevamente aquel cucurucho enorme, símbolo de su soberanía. Para realzar a Napoleón I sobre su pedestal fue menester una andamiada de 30.000 cadáveres. Como las madres del primer Imperio, las de nuestros días no deben mirar nunca ese baldón de bronce sin derramar lágrimas.”

El Socialista, número 141 de 16 de noviembre de 1888.

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