Cuando el movimiento obrero internacional protestó por la agresión japonesa a China

Historia

En la Conferencia de Desarme del año 1932 pronunciaron sendos discursos Emile Vandervelde por la Internacional Obrera Socialista, y León Jouhaux por la Federación Sindical Internacional. Ambos expusieron el punto de vista de las dos organizaciones respecto al problema de los armamentos. A petición de Reynaud, a la sazón, presidente de la Comisión de Peticiones, los dos oradores tuvieron que escribir después sus discursos si deseaban que figurasen en las actas de las sesiones. Pero la Mesa de discusión de la Conferencia eliminó de los dos textos las partes alusivas a la guerra entre Japón y China. Tanto Vandervelde como Jouhaux protestaron ante esta censura, y decidieron realizar una declaración conjunta, que en España publicó El Socialista en su número del 17 de febrero de 1932.

 

En la declaración se afirmaba que ambas organizaciones no podían admitir que la Conferencia de Desarme se hubiera podido abrir sin ninguna protesta contra el ataque japonés. Sus representantes tenían el propósito de afirmar que en el Extremo Oriente había guerra, pero las disposiciones reglamentarias tomadas por la Comisión de peticiones no les habían permitido elevar su protesta por la violación de los tratados por parte de Japón y el silencio de la Conferencia, que corría el riesgo de disminuir a la Sociedad de Naciones.

Los acontecimientos relativos al ataque de Japón contra China habían creado el peligro de que estallara una conflagración mundial. Por nuestra parte, pensemos que hoy hay autores que hablan de que, realmente, la Segunda Guerra Mundial empezó con este conflicto, por lo que habría sido más larga.

Los dos líderes se quejaban de que ante las actuaciones japonesas en Manchuria las grandes potencias no habían hecho nada para cumplir con su deber. No se habían atrevido a actuar con arreglo al Pacto de la Sociedad de Naciones, el Pacto Kellog-Briand y el Tratado de las Nueve Potencias (este acuerdo fue un tratado que confirmaba la soberanía e integridad territorial de China, según la política de puertas abiertas, firmado por los asistentes a la Conferencia Naval de Washington de 6 de febrero de 1922). Las potencias tendrían que haber obligado al Japón a cesar su ataque imperialista contra China. Pero si la Sociedad de Naciones había resultado impotente era porque las potencias que la dirigían no se habían atrevido ni han querido cumplir con lo que era su deber.

Además, consideraban que la intervención de las potencias cuando tuvo lugar los bombardeos de Shang-Hai y Nankín habían dado lugar a que se sospechase que los Gobiernos se habían movido por la defensa de sus intereses y privilegios de signo imperialista, más que por la libertad y derechos de China. Las dos organizaciones obreras consideraban que tarde o temprano todo esto podría terminar en una guerra general, como ya hemos afirmado anteriormente.

En consecuencia, la Internacional Obrera Socialista y la FSI declaraban que los gobiernos “capitalistas” tenían su parte de responsabilidad en lo que estaba ocurriendo por no haber intervenido para detener el ataque japonés en Manchuria. Esos mismos gobiernos disponían de medios de presión financieros y económicos suficientes para obligar a Japón a cumplir los tratados. Pero se estaba comprobando que el capitalismo mundial, que con frecuencia se había servido de esos medios para aniquilar los movimientos revolucionarios, no había querido emplearlos contra Japón. Por eso, las dos Internacionales hacían un llamamiento a los grupos parlamentarios respectivos (imaginamos que se referían a los socialistas) con objeto de que planteasen la cuestión de respeto a los tratados y para impedir que sus países alimentasen la guerra suministrando armas y créditos al agresor. Por otro lado, convenía recordar a los gobiernos miembros de la Sociedad de Naciones que sí les era posible actuar en los límites de la misma y con los métodos previstos por su Pacto. Y que si no lo hacían, las organizaciones obreras tendrían el derecho de acusarles de haber tenido presente en esta situación trágica solamente sus intereses y privilegios en China.

Por fin, afirmaban rotundamente que no eran privilegios e intereses los que había que defender sino la integridad de todo el territorio chino y el respeto a los tratados.

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