Paule Mink y el trabajo que mataba a las trabajadoras

Historia

Paule Mink (1839-1901) fue una mujer de intenso compromiso feminista y socialista, de origen social elevado polaco, pero cuyos progenitores le enseñaron la importancia del socialismo utópico, desarrollando desde muy joven una clara conciencia librepensadora y feminista. Escribió en la prensa, participó en la Primera Internacional, y sobre todo, en la Comuna de París. También se vinculó al mutualismo según las ideas de Proudhon. Posteriormente, participaría del complejo desarrollo del socialismo francés, además de seguir con su lucha feminista en la prensa y fundando organizaciones.

 

En este apunte nos acercamos a un artículo que publicó en Petit Republique, que salió en castellano en Las Dominicales del Libre Pensamiento, en su número del 30 de noviembre de 1894, sobre el trabajo que mataba a las obreras, es decir, una denuncia de lo que estaba ocurriendo en la industria de porcelana de Limoges.

Así es, Mink denunciaba que había muchas ocupaciones que estaban matando a mujeres jóvenes y niñas, por tuberculosis, anemia, etc.

Las jóvenes empleadas en la fabricación de tejidos mecánicos, en la de hilados, en la fabricación de blanco de cerusa, o en la fabricación misma del verde gris. Y todo por un salario de miseria. Pero nadie se ocupaba de estas muertes que se iban produciendo poco a poco porque, pensamos que se refería a que tenían lugar no de forma inmediata causadas por un accidente laboral, sino por las circunstancias propias del trabajo que iban minando paulatinamente la salud de las trabajadoras.

En todo caso, Mink aludía, a continuación, a las muertes frecuentes y, esta vez, hasta fulminantes, en relación a lo que estaba ocurriendo en Limoges, y que habían provocado la reacción de la prensa, hasta burguesa. Al parecer, las encargadas en las fábricas de porcelana de maniobrar con “polvos malsanos” se envenenaban y morían padeciendo horribles sufrimientos. En un año se habían registrado en dicha localidad hasta 22 defunciones entre estas trabajadoras. Todo esto, como hemos expresado, había provocado una evidente conmoción en la opinión pública. Se había ensayado que las operarias emplearan caretas, y hasta que bebieran leche en grandes cantidades, pero estos remedios no habían tenido éxito.

Asombraba que hubiera todavía jóvenes que se dedicaran a este trabajo tan mortífero, pero lo hacían movidas por la necesidad de llevar un sueldo a casa.

La solución pasaba, según nuestra autora, por la prohibición de este trabajo o que se limitase a unas pocas horas diarias para que las trabajadoras pudieran seguir ganándose un jornal. La cuestión era si los fabricantes estaban dispuestos a pagar el mismo sueldo por dos horas de trabajo que el que estaban ofreciendo por las jornadas de entre diez y doce horas.

La muerte de las trabajadoras era el resultado de la explotación humana, como la que padecían sus compañeras de la fabricación de hilados y tejidos, y no había otro medio para evitar todo esto que acabar con la explotación, una premisa propia de una socialista.

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