El cooperativismo en el Congreso de la Segunda Internacional de 1910

Historia

El cooperativismo fue tratado en el Congreso de la Segunda Internacional de Copenhague de 1910. Intentaremos ofrecer aquí algunas de las claves de lo aprobado.

 

Para los socialistas, como es sabido, el cooperativismo en la tercera acción que se debe emprender, junto con la económica y la política, en el proceso de emancipación obrera.

En el Congreso se reafirmó la idea de que las sociedades cooperativas de consumo procuraban no solo ventajas materiales para sus miembros sino que debían estar destinadas a otros tres grandes objetivos. En primer lugar, debían permitir el aumento del poder del proletariado por la supresión de los intermediarios y por la creación de servicios de producción que dependiesen de los consumidores organizados. En segundo lugar, las cooperativas debían contribuir a mejorar las condiciones de la vida obrera, y, por fin, tenían que educar a los trabajadores para la organización en plena independencia de sus negocios propios, ayudándoles a preparar, de ese modo, la democratización y la socialización de las fuerzas de cambio y de producción.

En todo caso, la cooperación por sí sola no podían realizar los fines perseguidos por el socialismo, que sería la conquista de los poderes públicos para la apropiación colectiva de los medios de producción. Los socialistas pretendían poner en guardia a los trabajadores contra los que sostenían que la cooperación se bastaba a sí misma, pero también querían dejar claro que el cooperativismo era un asunto del mayor interés dentro del programa más amplio de la lucha de clases.

Por eso, el Congreso instaba a los socialistas y a los miembros de los sindicatos a participar activamente en el cooperativismo con el fin de desarrollar en el mismo el espíritu del socialismo e impedir que las cooperativas se desviasen en su misión educadora y de solidaridad obrera.

Por consiguiente, los cooperadores socialistas tenían el deber de luchar en sus sociedades porque los beneficios conseguidos no fueran exclusivamente repartidos entre los miembros, sino que una parte fuera destinada a las federaciones o almacenes al por mayor, al sostenimiento de sus miembros, al desarrollo de la producción cooperativa y a los fines de educación. Pero, además, tenían que trabajar para que las condiciones salariales y de trabajo de las cooperativas fueran las que se acordasen con los sindicatos. Por fin, los socialistas tenían que luchar para que la organización del trabajo en las cooperativas fuera ejemplar, y que las compras de mercancías se efectuasen teniendo en cuenta las condiciones de trabajo de quien las habían producido.

Correspondería a las cooperativas de cada país decidir si habían de ayudar directamente con sus recursos el movimiento político y sindical y en qué medida.

Dado que los servicios que la cooperación podía rendir a la clase obrera serían tanto mayores cuanto más fuerte y más unánime fuera el movimiento cooperativo, el Congreso consideró que las cooperativas de cada país, constituidas según las bases de la resolución que se tomaba en el mismo, debían formar una sola federación.

Para la Segunda Internacional, la clase obrera en su lucha contra el capitalismo tenía el mayor interés en que los sindicatos, las cooperativas y los partidos socialistas, conservando su autonomía y su unidad propias, permaneciesen unidos por relaciones cada vez más estrechas, en línea con lo que decíamos al principio de la acción conjunta que propugno el socialismo.

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