Rafael Martínez y la apertura del curso de las Escuelas Laicas de 1915: educación versus instrucción

Historia

Rafael Martínez López es una figura fundamental en la Historia de la enseñanza en nuestro país. Un inmigrante en Madrid trabajó en distintos oficios, especialmente en los ferrocarriles donde desarrolló muy pronto un gran compromiso sindical y político en el ámbito del socialismo.

Participó en la creación de la Sociedad de Obreros del Ferrocarril del Mediodía en 1899, habiendo ingresado unos años antes en la Agrupación Socialista de Madrid. Pero Rafael Martínez tenía también inquietudes educativas, y se puso a estudiar por libre la carrera de Magisterio. Consiguió el título de maestro de primera enseñanza en 1904. En ese momento pudo combinar sus dos compromisos, el socialista y sindical con el educativo, ya que se puso al servicio de la enseñanza de los obreros en la Escuela Laica de su Sociedad Obrera, para luego fundar en 1905 la Escuela Laica Socialista del Centro Obrero de Madrid, que estaba en la calle de Relatores. Siguió participando activamente en la vida organizativa sindical de los ámbitos ferroviario y educativo. Ganó por oposición en 1918 una plaza de maestro en la Escuela Mixta de la Colonia de la Estación de la localidad madrileña de Torrelodones. Allí trabajó hasta 1937, y allí salió elegido concejal en 1931 y 1n 1936. Figura clave del Frente Popular en Torrelodones, terminaría la guerra en Valencia colaborando en las Milicias de la Cultura. Al terminar la contienda sufrió una intensa persecución, y aunque se le conmutó la pena de muerte no pudo vivir mucho más, porque murió de frío y hambre en el penal de Ocaña en 1940.

En este artículo queremos acercarnos al inicio del curso de las Escuelas Laicas del en 1915 porque se nos ofrecen por parte de nuestro protagonista las ideas que sustentaban la educación laica de signo socialista. Martínez publicó una columna en El Socialista al comenzar el mes de septiembre. En ese momento la Escuela se había trasladado de la calle Fuencarral (nº 143) a la calle Arango, nº8. Martínez quería informar que el nuevo local era más reducido, pero más adecuado, ya que disfrutaba de mejores “condiciones pedagógicas e higiénicas”, con más luz y ventilación, aspectos que consideraba fundamentales para el desarrollo físico e intelectual de los alumnos.

Martínez animaba a que los trabajadores matriculasen cuanto antes a sus hijos porque aseguraba que, a través de un pequeño sacrificio para el sostenimiento de las Escuelas, encontrarían la “verdadera educación racionalista”, libre de prejuicios históricos y religiosos, que en otras escuelas lastraban las inteligencias infantiles, “a fin de perpetuar la explotación inhumana de la actual sociedad capitalista”. No olvidemos que las escuelas socialistas daban al laicismo y al racionalismo un componente económico-social, habida cuenta, precisamente de la necesidad de formar trabajadores conscientes en su emancipación, un matiz importante a la hora de diferenciar este tipo de escuelas laicas de otras que podrían estar destinadas a hijos de una burguesía progresista republicana o liberal.

Rafael Martínez quería dejar claro que la enseñanza que se impartía en las Escuelas era completamente distinta a la que ofrecían la Iglesia y el Estado. Y aprovechaba las páginas de El Socialista para ofrecer algunas ideas pedagógicas, porque planteaba la diferencia entre educación e instrucción. Consideraba que la educación era más importante para el desarrollo de la sociedad. Un hombre instruido sin voluntad o mal formada era un ser perjudicial para la colectividad humana, frente a un hombre con voluntad porque contribuía al bien de la Humanidad.

La educación contribuía a la formación de los caracteres, era la que hacía conocer al hombre sus deberes y derechos de ciudadanía para la convivencia, además de aprender que nunca debía hacer dejación de los segundos.

Por la educación racional el niño se convertiría en un hombre que actuaría en todos los actos de su vida de forma voluntaria conforme a los dictados de la razón y conciencia. Se asociaría libremente con sus semejantes para los fines de la colectividad, pero también aprendería a rebelarse contra todo tipo de tiranía, sin dejarse manipular, sin ser un autómata, en palabras de Martínez, porque actuaría como consecuencia de sus reflexiones. Ese sería el tipo de educación que se impartía en las Escuelas laicas, además de las asignaturas como en el resto de las escuelas, pero siempre dejando muy claro esa educación de valores para contribuir a la formación de hombres libres, sin prejuicios ni dogmas, y que unidos a los demás (la dimensión socialista) pudieran construir una sociedad futura de paz, igualdad, y justicia.

Como fuente hemos empleado el número 2295 de El Socialista. Sobre Rafael Martínez es conveniente acercarse al Diccionario Biográfico del Socialismo Español, además del trabajo de A. Plaza, Rafael Martínez, “Retrato incompleto de un socialista olvidado”, en las VIII Jornadas de Historia y Fuentes Orales (2007). Por otro lado, para profundizar en la educación y cultura socialistas contamos con la monografía de Francisco de Luis Martín, La cultura socialista en España (1923-1930), Madrid, CSIC, 1993.

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