Las frivolidades en la política

Política

En los últimos tiempos estamos sufriendo una epidemia de frivolidad en la política, justo en una época de crisis brutal y llena de infortunios que padecen amplias capas de la población de nuestro país. En un etapa de desahucios, paro, recortes, austericidio, repuntes de la violencia de género y homofóbica, refugiados, guerra y atentados terroristas, una parte de los políticos (no todos, por supuesto), con el concurso de algunos sectores de la ciudadanía se dedica a llenar las redes sociales y la tribuna con debates estériles y sí, muy frívolos, escandalosamente frívolos, y fomentados por diversos medios de comunicación, en teoría serios. La banalidad comenzó hace unos años con el empalago y triunfo de lo rosa, se extendió al deporte, donde es más importante analizar el cotilleo de los banquillos y vestuarios que el juego en sí, y por fin, ha desembarcado en la política.

 Hay verdaderos profesionales en montar numeritos en lugares donde aunque debe arrinconarse el envaramiento y la frialdad, no se está para las cámaras de la televisión, sino para trabajar, criticar, aportar, controlar, sin perder, eso sí, la elegancia, la ironía, y la cortesía. El Parlamento es un lugar muy importante y no la red virtual, un plató o una charanga festiva. Pero, curiosamente, los más escandalizados con un espectáculo nada interesante, muy demagógico y hasta populista, entran encantados en el juego y hablan de limpieza e higiene personales, justamente desde la bancada donde el grado de pestilencia, provocado por la corrupción, ha llegado hasta la náusea en esta legislatura pasada. Ya sufrimos un anticipo en las pasadas Navidades sobre los escandalizados “niños y niñas bien de la política”. Mientras veíamos en los noticiarios de la televisión la recurrente tragedia de los refugiados, la muerte de más mujeres y el espanto de los incendios forestales la pijería política se llevaba las manos a la cabeza por las reyes magas valencianas y por la vestimenta de los reyes magos masculinos madrileños que, al parecer, podrían traumatizar a los vástagos de buenas familias. Después, las tertulias televisivas y radiofónicas nos llenaron de aire la cabeza. Casi es preferible ver programas del corazón.

En las redes, cada día, podemos acumular decenas y decenas de eso que se llaman ahora “vídeos virales” o “zaskas”, “postureos”, comentarios y larguísimos debates sobre la más completa superficialidad. No hay formaciones o grupos políticos que se libren de estos males, lamentablemente, pero bien es cierto que algunos son más proclives al espectáculo, o parte de sus dirigentes lo fomentan con profesionalidad bien estudiada. Y todo sazonado con la versión moderna del clásico “y tú más”.

La frivolidad en los tiempos que vivimos es fatigante, por un lado, y escandalosa, por otro. Hay que tener convicciones profundísimas para no caer en la tentación de tachar a la política como algo nefasto. Es muy difícil hacer pedagogía sobre la importancia de la política en nuestras vidas con espectáculos y comentarios tan lamentables. Ni las Cortes deben ser usadas para ganar audiencia con tics festivaleros, ni se puede faltar al respeto a diputados y diputadas sobre su indumentaria personal, desde un nauseabundo clasismo. La política es otra cosa. Es negociar, tomar decisiones, criticar, aportar alternativas, apoyar o no, debatir pero sobre lo importante, sobre lo que afecta a las vidas de tantas personas y sobre el futuro de todos nosotros y nosotras; eso sí, olvidando para siempre esa lamentable expresión de las “líneas rojas”. Me niego a usar las redes y las tribunas a las que tengo acceso para no hablar y tratar sobre la Política, con mayúsculas.

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