Las cartillas o el control de los obreros en la Francia revolucionaria y napoleónica

Historia

Como es sabido, la Ley Le Chapelier de 1791 consagró la prohibición de asociarse para los trabajadores y patronos dentro de la filosofía del liberalismo económico que triunfó en la Revolución francesa. Los contratos laborales debían establecerse entre individuos, es decir, el patrón y el trabajador, y en donde se fijaría el jornal a recibir. Era obligación del obrero mantener el acuerdo que había hecho con quien le ocupaba. En todo caso, la disposición, sin entrar en dictaminar cuál era el salario razonable, sí reconocía que debería ser algo más elevado al que se recibía en ese momento, pero nada más.

 

La Ley prohibía no sólo el asociacionismo, sino también la huelga y el lock-out. En teoría parecería un cambio legal equitativo porque prohibía las asociaciones, o coaliciones, en lenguaje de la época, tanto de trabajadores como de empresarios, pero no cabe duda que eso solamente era aparente, ya que la necesidad del trabajador era perentoria; no puede esperar a que se le ofreciese un salario adecuado porque tenía que comer, vivir, y, en muchos casos, mantener una familia. Por otro lado, al parecer, las cámaras de comercio, donde una parte de los patronos se reunían, quedarían al margen de esta disposición muy poco tiempo después.

Pero nuestro mayor interés reside en este artículo en la Ley del 22 de Germinal del año XI de la Revolución que instituyó la cartilla obrera obligatoria. Contar con este documento era un requisito fundamental para poder trabajar. Nadie podía contratar a un trabajador que no tuviera esta cartilla donde constaba el certificado de sus compromisos, expedido por el último patrón que se había tenido. Se convertía en la garantía del cumplimiento del contrato. Napoleón consagrará la cartilla en 1803, regulando todos los aspectos. Así pues, cada cartilla debía llevar el sello del municipio, y hacer constar el nombre y apellido del obrero, su edad, el lugar de su nacimiento, señas personales, profesión y el nombre del propietario para quien trabajaba. Cuando el trabajador salía de la empresa, el patrón tenía que hacer constar en la cartilla una relación de los compromisos y si los había cumplido. Los despidos y permisos debían ser indicados, con la fecha clara del día de salida del trabajador. Por su parte, el obrero debía comprometerse a dejar constancia de su entrada en la cartilla, y a dar la cartilla a su patrono en caso de que se lo exigiese. Las cartillas fueron, por lo tanto, una clara forma de control de los trabajadores. El período napoleónico reglamentó, además, el contrato de trabajo en el Código Civil (1804). Por su parte, el Código Penal de 1810 estableció penas distintas para las coaliciones obreras y para las patronales.

Para la redacción de este artículo ha sido fundamental la consulta del libro, ya clásico, de Georges Lefranc, La huelga: historia y presente, Barcelona, 1972, páginas 19-21.

 
What do you want to do ?
New mail
Etiquetado como :
Este sitio utiliza cookies. Al seguir navegando entiendo que aceptas mi política de cookies.
Más información Entendido