Una reflexión de Marcelino Domingo a partir de la jornada de las ocho horas

Historia

Aprobada la jornada de las ocho horas en España, siguió habiendo polémica sobre la misma, luchas y conflictos para que se implantara en todos los sectores porque se presentaron incumplimientos, y se intentaron plantear excepciones en algunos sectores. Quizás está por hacer la historia de la jornada de las ocho horas en España después de haberse implantado. Pues bien, en este contexto, acudimos al republicano Marcelino Domingo que, en las páginas de El Socialista, en el verano de 1921 expuso las razones de empresarios y obreros en relación con la jornada de ocho horas, que nos aporta información sobre que planteamientos había entre ambos sectores de la mano de este destacado político español de izquierdas, maestro, y que luego sería el primer ministro de Instrucción Pública de la República, aportando su propia interpretación. El tema central de la cuestión tratada en este artículo no pasaba por el análisis de las consecuencias económicas o laborales de la implantación de la jornada de ocho horas, sino en relación con el tiempo del no trabajo, con la parte aquella del ocio de la clásica división de ocho horas para el trabajo, ocho para el descanso y ocho para el ocio.

 

El patrono español habría empleado contra la jornada de ocho horas los mismos argumentos que la patronal internacional: disminución de la producción, encarecimiento de los productos, “envilecimiento” del hábito del trabajo, y trastorno general del régimen económico. El patrón español, además, empleaba otro argumento propio y se relacionaba sobre en qué empleaba el obrero las horas de descanso. La respuesta a este interrogante, en opinión de Domingo, hacia ver que se estaba produciendo un mal uso de las horas de ocio por parte del trabajador. Los obreros no estarían aprovechando esas horas para la “edificación moral”, sino para ir al café más horas de lo que había ido antes, y entraba en los prostíbulos con más frecuencia que nunca. En conclusión, parecía que el patrón español tenía razón.

Pero Domingo consideraba que, en realidad, más razón tenía el obrero español cuando contestaba que eran los únicos sitios a donde podía ir, porque no encontraba escuelas primarias o técnicas para formarse o perfeccionarse. Si deseaba leer en vez de jugar, ¿había bibliotecas?, y también el obrero se preguntaba si tenían casas adecuadas donde estar. Así pues, a los patronos y los gobernantes les cabía la responsabilidad de no haber puesto en pie instituciones esenciales para cubrir las horas en las que no se trabajaba. Y esas instituciones sí existían en Europa. Domingo aludía al ejemplo británico, pero también al soviético de la mano del comisario Lunatcharsky, que había teorizado, y luego puesto en práctica, la idea de que el proletariado debía asumir los valores de las Ciencias y de las Artes, porque sin ellos no podría ser un hombre instruido, sin los cuales el proletariado permanecería en un estado de barbarie, incapacitado para ejercer el poder y de utilizar adecuadamente los instrumentos de producción. Domingo explicaba la importancia que había adquirido allí la enseñanza, siendo obligatoria, multiplicándose las escuelas primarias y profesionales. En España no había estímulos parecidos. Millares de pueblos no habrían visto nunca un maestro, y en la propia capital de España unos quince mil niños se encontraban en la calle porque no había suficientes escuelas. La Universidad estaba vetada a quien no dispusiese de medios económicos. El obrero español no tenía posibilidades de instruirse ni de formarse. En la cuestión de bibliotecas el panorama era aún más desolador. Fuera de España había bibliotecas populares con prensa diaria y libros de fácil lectura, y que se llenaban de obreros nada más salir de las fábricas.

Domingo también exponía el caso de las Tomy Bed Hall de los barrios pobres londinenses, ofreciendo ocio a los trabajadores con conferencias diarias, cursos de ciencias y artes, y libros. En Rusia, además de la ambiciosa política educativa emprendida, se multiplicaban los “studios” de pintura, escultura, música, canto coral, danza, literatura, poesía y teatro. En España, por el contrario, nada de nada. Se podía argüir que los obreros no habían demandado escuelas e instituciones culturales, pero no opinaba así Marcelino Domingo. Para él, el obrero tenía en esos momentos la misma curiosidad intelectual que tuvo la burguesía en el siglo XVIII. Reclamaba libros con el mismo ardor con que reclamaba pan. Lo doloroso, por lo tanto, no era que el obrero perdiese el tiempo, sino que no se le prestase ningún medio de ganarlo.

Domingo daba mucha importancia en esta cuestión al grave problema de la vivienda obrera en España. La vivienda era un “disolvente formidable de la familia y del carácter. Destruye más que edifica. Envenena el alma mas que purifica. Separa más que une. Invita a huir más que a buscar en su cobijo una paz y amor imposibles”. En conclusión, el patrón tendría razón cuando afirmaba que el obrero en las horas de descanso iba a donde no debiera ir. Pero tendría más razón el obrero cuando respondía que los lugares adonde debería ir y adonde desearía ir no existían en España. El Estado español había dado tiempo al obrero, pero no medios para emplearlo dignamente.

El articulo se publicó en el número 3987 de El Obrero, de 9 de agosto de 1921.

 
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