Luis Araquistáin y los duelos en 1914

Historia

Los socialistas españoles debatieron la cuestión de los duelos en su VI Congreso, celebrado en el mes de agosto de 1902 en Gijón. En dicho Congreso las Agrupaciones de Málaga y Linares propusieron en la sexta sesión que los afiliados al PSOE no aceptasen los denominados lances de honor.

 

En principio, fue aceptada, pero Toribio Reoyo Barbadillo, uno de los socialistas históricos, consideraba que no se debía castigar al que infringiese esta prohibición. Estaríamos ante un claro ejemplo de la influencia permisiva ante este hecho, pero otros congresistas consideraron que el duelista sí era merecedor de sanción, aunque no demostraron mucha dureza: solamente la suspensión temporal de militancia.Pero, también es cierto, que otro grupo, liderado por Pablo Iglesias, sí pensaba que el duelo debía ser duramente castigado porque era una reminiscencia de la “fiera barbarie de pasados tiempos”, y era una forma de asesinar impunemente. En la votación salió la propuesta de expulsión del afiliado que aceptase un duelo, por 22 votos a favor y 5 en contra.

En distintas publicaciones hemos encontrado artículos de opinión de socialistas sobre los duelos, pero, seguramente, entre ellos destaca el que sacó Luis Araquistáin en El Socialista en mayo de 1914, desde Leipzig, en relación con lo que ocurría en Alemania, para terminar realizando algunas observaciones para el caso español.

Al parecer, en el Reichstag se llevaba más de treinta años luchando por la abolición de los duelos entre los militares. Es más, salían votaciones favorables para esta supresión, pero el Bundesrat, es decir, la Cámara alta alemana, frenaba siempre estas resoluciones, y tampoco el káiser parecía muy favorable a que fuera combatido. Cuando un duelo saltaba a la opinión pública el Reichstag volvía a debatir sobre el asunto, lo condenaba y el Bundesrat se desentendía.

En la primavera de 1914 se produjo un nuevo incidente que el intelectual socialista español calificó de en “extremo penoso”. Había ocurrido en Metz. Un teniente tenía relaciones íntimas con la esposa de otro teniente. El ofendido desafió al ofensor, y éste mató de un balazo al ofendido.

Este hecho motivó que Araquistáin hiciese un poco de historia sobre la evolución del duelo, partiendo del hecho antiguo de las tribus germanas que, al carecer de jurisprudencia necesaria para castigar una ofensa o un perjuicio personal, necesitaban acudir a la lucha armada en la creencia de que Dios estaría de parte del justo. En la Edad Media, los denominados “juicios de Dios” habían sido muy frecuentes. Era evidente que ya nadie creía en la intervención divina en estos lances, y por eso nadie buscaba un juicio de Dios.

Para nuestro autor los duelos eran una cobardía moral. Se podía admitir que un injuriado quisiera acometer y hasta matar al injuriador, pero si podía esperar veinticuatro horas o más, y podía transigir con toda la parafernalia asociada a los duelos, como era la designación de padrinos, médicos, testigos y hasta la convocatoria de fotógrafos para los periódicos, o era un criminal o era un hombre empujado por otros con falta de entereza, la motivación más frecuente, siempre según nuestro protagonista. Era una verdadera insensatez afirmar que uno estaba obligado a batirse para que no le tomasen como cobarde. Esta había sido la tesis del ministro de la Guerra en el debate del Reichstag, es decir, que uno se batía para probar el valor personal. Araquistáin no dudaba de eso, pero existía un valor superior, el de conducirse de acuerdo con las leyes escritas y a falta de éstas, por la ley moral, o la ley de la propia conciencia contra una presión externa.

Combatir el duelo era, como vemos, un ejercicio de civilización. Es más, Araquistáin admitía que en la mayor parte de los países civilizados estaba prohibido el duelo, incluida Alemania, pero en todos ellos, con excepción de Inglaterra, se practicaba el duelo con más o menos teatralidad. La opinión pública lo exigía, aunque en realidad se trataba de la opinión de una minoría, la de los escritores, periodistas, militares, políticos, etc. En este sentido, por nuestra parte, creemos que, aunque el duelo en la época liberal parecía una reminiscencia del Antiguo Régimen, prestaba algunas innovaciones democratizadoras. A finales del siglo XIX llegarían a entrar en este mundo personajes de la izquierda. No podemos dejar de citar el caso de uno de los grandes socialistas franceses, Jean Jaurès, que fue un destacado duelista. En todo caso, la referencia a la democratización del duelo debe ser matizada, porque siempre fue propio de esa aristocracia adaptada a los nuevos tiempos, y a la alta y media burguesías, en ámbitos militares y de profesionales liberales, y si afectó a socialistas, eran siempre pertenecientes a ese mundo de abogados, escritores, periodistas, etc. Lo que sí parece claro es que fue una adaptación de una práctica de la época estamental, pero, curiosamente muy vinculada con el propio liberalismo, con el parlamentarismo y el desarrollo de las libertades individuales, el auge de la prensa y de los debates políticos.

Esto que decimos nosotros parece que fue muy evidente en Francia o en Italia, mientras que en Alemania, según Araquistáin, la situación era peculiar, ya que solamente se batían los estudiantes y los militares, como una reminiscencia de origen feudal. Un estudiante que no aceptase batirse en duelo no podía ingresar en ciertas sociedades estudiantiles. Un oficial que no quisiera batirse era expulsado del ejército, por lo que en Alemania perviviría más la tradición del Antiguo Régimen que en Francia o Italia.

Araquistáin se preguntaba por qué en Alemania se perseguía a los obreros que insultaban a otros obreros, acusándoles de esquiroles, y no a los militares que se batían. Al parecer, se habían dado distintos argumentos para justificar el duelo entre militares, en relación con el honor militar o porque obedecería a un supuesto espíritu germánico.

Pero fuera de Alemania también había duelos, como sabemos, aunque los que más se batían eran los civiles, algo que confirma lo que hemos defendido cuando aludíamos a Francia o Italia, pero que también pasaba en España, como afirmaba nuestro autor. En España el duelo no tenía un carácter militarista, o podría pasar por una cuestión militarista vestida de paisano. Arquistáin creía que era una especie de versión del matonismo, eso sí, de guante blanco, sin olvidar la cobardía moral del desafiado. Así pues, por un lado, el desafiador era un matón, aunque se considerase como un caballero, pero que con el pretexto de lavar una ofensa no buscaba más que impedir por el terror de sus espadas o pistolas que nadie denunciase sus inmoralidades políticas o su vanidad mental. El duelo se convertía en una institución para sofocar toda crítica, para consagrar el triunfo de los corrompidos y de los “imbéciles diestros en el manejo de algún arma”.

Para combatir los duelos no bastaba con protestas parlamentarias, ni con ligas contra el duelo, sino que los hombres de bien se opusiesen a las coacciones de una minoría “estúpida y encanallada”.

Sobre el Congreso de Guijón podemos consultar el número 862 de El Socialista. Y el artículo de Araquistáin se publicó en el número 1809 de El Socialista de 7 de mayo de 1914. En relación con el duelo en España proponemos dos trabajos, uno de Álvarez Junco de 1990 sobre el duelo como una pervivencia del Antiguo Régimen, y la consulta del libro de Miguel Martorell Linares, José Sánchez Guerra: un hombre de honor (1859-1935) donde inserta un capítulo sumamente interesante sobre el carácter del duelo en el siglo XIX y comienzos del XX, Madrid, (2011). Por otro lado, es interesante la lectura del libro de Eusebio Yñiguez, Ofensas y desafíos. Recopilación de las leyes que rigen el duelo, y causas originales de este, tomadas de los mejores tratadistas, con notas del Autor, publicado en Madrid en 1890, y que disponemos en la red gracias a la Universidad de Sevilla.

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