Los albores de la contestación social en los primeros decenios del XIX

Historia

Mientras el liberalismo y el nacionalismo calaron entre la burguesía y nutrieron los movimientos revolucionarios en estos ámbitos, el descontento social se fue haciendo más fuerte, debido a los cambios económicos y sociales derivados de la Revolución Industrial, y terminó siendo el tercer componente de las Revoluciones de 1830 y, especialmente de las de 1848.

 

Efectivamente, ambas Revoluciones no pueden entenderse sin las crisis económicas, que tenían muchos componentes de las clásicas crisis de subsistencias con escasez de alimentos y subidas de precios, pero también del naciente capitalismo industrial. Tenemos un caso evidente entre1825 y 1826. En el primer año se produjo una durísima crisis de la patata, que terminó extendiéndose al cereal, y que se repitió en los años siguientes, generando un grave malestar social hacia 1829. Pero mientras ocurría esto, fruto de factores antiguos de crisis preindustrial, en 1826 estallaba una grave crisis financiera en Londres con quiebras de empresas, con el consiguiente aumento del paro.

Por su parte, el poder no podía tolerar la existencia de organizaciones obreras porque consideraba que iban contra la libertad de empresa y de contrato, ya que podían presionar para establecer mejores salarios, además de plantear otras reivindicaciones laborales colectivas. La asociación de obreros estuvo considerada como un complot.

En Francia fue fundamental, en este sentido, la Ley Le Chapelier, promulgada el 14 de junio de 1791, por la que se establecía la libertad de empresa en Francia, aboliendo los gremios existentes. Se trató del triunfo del liberalismo económico y del individualismo, y no sólo por la abolición de uno de los pilares del sistema productivo del Antiguo Régimen, sino, porque, también prohibía que los empresarios, comerciantes, obreros o artesanos pudieran asociarse y establecer normas comunes. Este aspecto es importante porque se aplicaría contra los intentos de asociación de los trabajadores a partir de entonces. Esta prohibición fue recogida, además, en el Código Penal francés. La ley no fue derogada hasta el año 1864.

En consecuencia, las organizaciones obreras tuvieron que desarrollarse de forma clandestina. En la época de la Restauración la represión fue generalizada hacia todo movimiento de protesta, incluido el de contenido social, especialmente a partir de 1820 cuando fue asesinado el duque de Berry. La subida al trono de Carlos X significó un recrudecimiento de la represión. La Revolución de 1830 no se puede entender sin el concurso del pueblo.

El régimen de Luis Felipe coincidió con una época de expansión económica y Francia entró claramente en la senda de la Revolución Industrial. Este hecho tuvo una evidente consecuencia social: el incremento de la clase obrera. El poder aprobó una legislación muy restrictiva hacia los obreros, que decidieron ponerse en marcha en alianza con la burguesía republicana. En fechas tan tempranas como 1831 o 1834 se produjeron revueltas entre los trabajadores de la seda en Lyon. Los obreros de París se levantaron en 1832 y 1835. El Gobierno reprimió estos conflictos con especial contundencia, aunque no consiguió quebrar este incipiente y activo movimiento obrero de artesanos que se estaban proletarizando. En 1835 las medidas represivas se agudizaron tras el atentado que sufrió el rey, y que afectaron al derecho de la libertad de expresión y al asociacionismo.

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