Fabra i Ribas: laborismo y libertad ante las elecciones de 1929

Historia

Claves fueron las elecciones británicas de 1929, que permitirían formar un segundo gobierno a los laboristas. Ya hemos explicado en este periódico el impacto de este hecho entre los socialistas españoles, y seguimos ahondando, con el presente artículo, en la importancia de la experiencia laborista para el PSOE en los años veinte, como una alternativa al comunismo, después de la escisión que se produjo en 1921 cuando el Partido no aceptó las condiciones de la Tercera Internacional.

 

En el interés laborista del socialismo español Antonio Fabra i Ribas tuvo un especial protagonismo, dado su conocimiento de la cuestión. Este artículo habla de una parte del mismo, a través de la conferencia que impartió en la madrileña Casa del Pueblo sobre las elecciones británicas, su importancia internacional, y la relación de la libertad con el laborismo y el movimiento obrero socialista.

Fabra i Ribas comenzó explicando el crecimiento del Partido Laborista desde su creación a comienzos de siglo, además de la situación de las distintas formaciones políticas en el Reino Unido, para deducir que, con toda probabilidad, el laborismo vencería en las elecciones de mayo (la conferencia tuvo lugar en marzo) con el mayor número de votos que hubiera conseguido nunca un partido en aquel país, aunque dada la división de los distritos liberales, era posible que el número de sufragios no correspondiera con el de los diputados elegidos. En todo caso, aunque se constituyese un gobierno conservador, tendría que contar con una formidable masa de oposición.

Fabra i Ribas resaltaba, en este sentido, la marcada tendencia de la política inglesa hacia el laborismo, o lo que era lo mismo, en su opinión, hacia la “democracia integral”. Pero esta orientación, además, estaba en consonancia con lo que estaría ocurriendo en Francia y Alemania. Una actuación democrática en el campo de la política internacional por parte de estos tres países tan importantes cambiaría, en su opinión, la atmósfera de Ginebra (en alusión a la Sociedad de Naciones) y contendría la ola reaccionaria que habría invadido Europa en los últimos años. Se podría abrir un camino para la libertad y el progreso social.

Después, el socialista catalán se centró en el problema de la relación entre el movimiento obrero británico y el Partido Liberal. Lamentaba que desde hacía ya muchos años la lucha de los trabajadores ingleses no había contado con el apoyo del Partido Liberal, siendo, más bien un obstáculo. En este sentido, quiso hacer un poco de historia. La fundación del Partido Social Democrático en 1881 se habría debido, precisamente, a la lucha de la clase obrera contra el gabinete liberal en favor de la Liga Agraria Irlandesa y en defensa del Home Rule para Irlanda. Por su parte, la fundación del Partido Laborista había sido debida a que el movimiento obrero se encontraba desesperado a causa de los liberales en relación con las distintas interpretaciones dadas a la ley de Asociaciones, que hacían prácticamente imposible la vida de las Trade Unions.

Por fin, en la última etapa parlamentaria los liberales se habían mostrado desorientados, sin rumbo fijo, votando solamente una minoría proposiciones de “carácter verdaderamente liberal y humano”, con otra parte contraria y una tercera, por fin, de signo abstencionista. En este sentido, aportó algunos ejemplos, como el relacionado con la votación del proyecto de ley laborista para ocupar a los parados en obras de carácter general, o en la enmienda presentada por Snowden sobre otorgar un carácter democrático a la organización del Banco de Inglaterra, y por fin, en relación con la necesidad de establecer un Convenio internacional para reducir los ejércitos permanentes, junto con otro en relación con las fuerzas navales. En todas estas iniciativas se había producido esa división tripartita en el seno del liberalismo.

El Partido Liberal, además, como en otros países, acusaba al movimiento obrero de preocuparse únicamente de las cuestiones materiales, desentendiéndose de los problemas morales y espirituales. Y se hacía justo cuando la clase obrera organizada del mundo declaraba que con su actuación no se pretendía salvar solamente los intereses de una clase, sino lo del bien general, en una tarea en la que todos debían involucrarse, todos los pueblos que aspiraban a establecer la paz y el progreso.

Fabra i Ribas lamentaba que los liberales clásicos o históricos no trabajasen realmente en favor de la libertad a pesar de los cánticos que entonaban en su defensa. Pensaba que eran sinceros cuando hablaban de libertad, pero no había una dimensión práctica en ese discurso, imponiéndose los intereses creados.

Por su parte, el movimiento obrero estaba plenamente saturado de ideales democráticos, pero no se contentaba con enunciar la libertad, sino que querría organizarla e instalarla definitivamente como régimen normal de los pueblos civilizados. Cuando el movimiento obrero inglés o de otros lugares del mundo atacaba a los liberales lo hacían por los atentados que cometían contra la libertad.

Y la charla terminaba defendiendo, precisamente, lo que venimos sosteniendo en nuestras investigaciones sobre esta materia, es decir, que el laborismo era para los socialistas españoles un ejemplo que iluminaba frente al comunismo ruso, que habría deslumbrado a los trabajadores en su momento, pero haciéndoles perder todo contacto con la realidad.

Hemos trabajado con el número 6276 de marzo de 1929 de El Socialista. Sobre el laborismo y sobre su relación con el socialismo español en los años veinte se puede consultar la hemeroteca de El Obrero.

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