Albert Thomas y los obreros franceses en la Gran Guerra desde la perspectiva socialista española

Historia

En este trabajo nos acercamos a un discurso del ministro socialista Albert Thomas dirigido a los obreros franceses en plena Gran Guerra, algunas de cuyas partes reprodujo El Socialista, porque creemos que nos ayuda a comprender el papel de una parte importante del socialismo francés ante la Primera Guerra Mundial, de manos de uno de sus principales dirigentes y participante en el Gobierno y la Administración en responsabilidades directas en materia de recursos y municiones para el conflicto. No debemos olvidar, además, que Thomas sería el primer director y fundamental impulsor de la OIT al terminar el conflicto. Para entender el texto debemos hacer un estudio previo del personaje, al menos, hasta la Gran Guerra.

Albert Thomas nació en 1878. Estudió Historia y obtuvo una beca para ir a Rusia. Debemos recordar que en la década de los noventa del siglo XIX la Tercera República y la Rusia zarista habían estrechado importantes lazos diplomáticos. Francia conseguía salir de su aislamiento internacional, fruto, especialmente de la política exterior alemana de Bismarck, y Rusia terminaba su alianza con Alemania y Austria donde nunca se sintió cómoda, especialmente por sus conflictos en los Balcanes con el Imperio Austro-húngaro. Nuestro protagonista siguió estudiando Historia y Literatura en París.

En 1904 es nombrado redactor en L’Humanité, el diario fundado ese mismo año por Jean Jaurès. En ese mismo año es elegido concejal en Champigny, de donde era originario, pasando a ser alcalde unos años después. La faceta periodística de Albert Thomas fue muy destacada, como la de muchos socialistas de la época. Escribió para distintas publicaciones, y fundó la Revue Syndicaliste, y L’Informacion Obrera et Sociale.

En 1910 entró en el parlamento francés -Cámara de los Diputados- por una circunscripción del departamento del Sena, siendo reelegido en 1914. En la Cámara se distinguió en los temas de obras públicas, finanzas y, sobre todo, en la elaboración de leyes relativas a las condiciones de las minas, y las pensiones de los obreros.

Al estallar la Gran Guerra, Thomas fue movilizado y sirvió unas semanas, pero fue designado enlace entre el Ejército y el Ministerio de Obras Públicas en la trascendental cuestión del transporte ferroviario, vital para la guerra moderna. Thomas se convirtió en un socialista fundamental en la Guerra, como un ejemplo de la colaboración del mismo en el esfuerzo bélico, frente al pacifismo defendido por la Segunda Internacional, y que, como sabemos, fracasó. La labor de Thomas hay que encuadrarla en el fenómeno que se dio en gran parte de los grandes países beligerantes de colaboración entre la patronal y las fuerzas sindicales para emprender el esfuerzo bélico. Thomas se destacó en esta materia, especialmente cuando fue ministro, presionando para que se consiguieran acuerdos colectivos en las empresas que fabricaban munición.

La experiencia gestora demostrada por Thomas le llevó en el propio mes de octubre de 1914 a encargarse de organizar las fábricas para estuviesen a pleno rendimiento con el fin de dotar al Ejército de la necesaria munición. De ahí pasó a una escala superior porque en la primavera siguiente es nombrado subsecretario de Estado de Artillería y Municiones, dentro del Ministerio de la Guerra. Por fin, en diciembre de 1916 fue nombrado ministro de Municiones en un gobierno presidido por Aristide Briand, del Partido Republicano-Socialista, y luego en otro de Alexandre Ribot de la Federación Republicana, la formación principal de la derecha francesa, cargo que desempeñará casi un año, cuando es cesado en septiembre de 1917.

En el diario ABC se publicó el 28 de junio de 1916 una larga entrevista que su enviado especial realizó al ministro Thomas (según el artículo ya era ministro, cuando por otras fuentes hemos comprobado que fue hecho ministro en diciembre de ese año, aunque puede ocurrir que fuera asimilado a ministro en el cargo anterior, porque aparece en la lista del gobierno de Briand), y que podemos consultar en la red. La entrevista tenía que ver con un reciente viaje del ministro a Rusia y el esfuerzo militar de dicho país, valorando que el ministro era todo un experto en la materia. El periodista termina aludiendo a que Thomas había sido el “discípulo predilecto de Jaurès”, además de explicar que le había expresado que había que ganar la guerra, lo que nos permite entender, en parte, lo que antes explicábamos sobre la colaboración del socialismo francés en los gobiernos en guerra.

El diario El Socialista reprodujo en sus números de los días 4 y 5 de febrero de 1917 (2816 y 2817), partes del discurso pronunciado por el ministro de Municiones, Albert Thomas, en París en el segundo aniversario de la muerte en campo de batalla del compañero Semanaz. El texto es, sumamente significativo, de lo que pensaba y de la formación intelectual de su autor, como tendremos oportunidad de comprobar en el comentario que hacemos.

El discurso comienza de forma un tanto retórica sobre la presencia constante de la guerra en la vida de los franceses. Thomas resalta que todos los recursos y riquezas, que los socialistas esperaban repartir equitativamente, estaban volcados en el conflicto.

La información que llega de la guerra, aunque parezca idéntica rebelan ideas distintas, es decir, que también había una guerra ideológica, además de la que se desarrollaba en las trincheras. Los alemanes hablaban de “cultura”, y los franceses de “civilización”, que podemos interpretar como las dos distintas formas que el nacionalismo desde el siglo XIX adoptó en ambos países, más conservador en el primero, y más liberal en el segundo, y que se remarca en la cuestión de los “derechos y nacionalidades”, ya que, para los franceses, siempre según Thomas que, no olvidemos, había estudiado Historia, significaba el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Los alemanes, siguiendo fieles a su nacionalismo esencialista, aludían a la raza y la lengua para imponerse.

También habría un conflicto sobre los conceptos de seguridad y libertad. Los franceses interpretarían ambos para que los pueblos pudieran desarrollarse y vivir en plenitud, mientras que, para Thomas, los alemanes vincularían los dos a su derecho a dominar. Curiosamente, achacaría a esto el fracaso del espíritu de la Internacional. Thomas creía en esos principios de libertad, pero, es evidente que colaboró activamente desde altas responsabilidades al esfuerzo bélico francés, sin alejarse de principios nacionalistas evidentes, por muy liberales que éstos fueran.

Thomas era consciente, y así se manifiesta en el discurso, que ya había pasado la época “cómoda y fácil” de la guerra del principio que aunó a los franceses bajo la fórmula de la Unión Sagrada. Como es sabido, Francia vivió una clara convergencia de los partidos políticos a la hora de apoyar la guerra contra Alemania. Esta casi unanimidad estaba fundamentada en el profundo revanchismo que se había alimentado durante décadas por la derrota de Sedán y la pérdida de la Alsacia y Lorena, uno de los factores clave del antagonismo profundo hacia Alemania. Las formaciones políticas se agruparon bajo la “Unión Sagrada”, cuyo objetivo era salvar a Francia del considerado su peor enemigo, por encima de las claras divergencias ideológicas. En esta unión también estuvieron los socialistas, recién asesinado Jaurès por un fanático nacionalista y que tanto había luchado por el pacifismo. Por su parte, es significativo que los sindicatos no convocaran la huelga general contra la guerra. Pues bien, Thomas confesaba en ese momento que esta fórmula ya estaba algo gastada, pero además asumía que había sido algo extraño, porque había unido a opiniones enfrentadas claramente antes del conflicto. Pero, a pesar de eso, nuestro protagonista no deja de insistir en el trabajo común de los franceses ante la guerra, de los obreros y patronos en las fábricas, cuando unos años antes la conflictividad social había sido intensa y eran enemigos irreconciliables. Esta parte del discurso parece, pues, un nuevo canto al esfuerzo nacional francés frente al enemigo. Es más, alude a que en esa tarea había sido ejemplar no sólo la actitud obrera, que no había generado ningún conflicto, sino, sobre todo, la empresarial, que había colaborado activamente con un ministro socialista. Peo el propio Thomas era consciente, en el momento del discurso, cuando la guerra ya había demostrado su horror espantoso y cundía el desánimo, de la necesidad de enardecer a los socialistas con unas palabras de unidad y esfuerzo, aludiendo a la Federación del año 1790 en plena Revolución Francesa, como ejemplo de disciplina común para defenderse del enemigo y construir Francia. Porque, además, sabía que ya había comenzado a brotar el descontento de los obreros, porque alude a la existencia de campañas que estaban agitando las fábricas, y a comparar situaciones en el frente con las del mundo laboral. Thomas denunciaba que no se podía tolerar que en el frente corriesen las noticias sobre la precariedad laboral de las mujeres porque eso minaba la moral del soldado. Por otro lado, es interesante constatar no sólo el pensamiento del ministro, sino también en este caso un hecho social de enormes consecuencias, como es la entrada masiva de las mujeres en las fábricas. Thomas apelaba a la responsabilidad de los socialistas para que no se minase la defensa nacional.

El siguiente punto que trató en su discurso tenía que ver con la situación de Francia cuando se alcanzase la paz.

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