El apocalipsis ya, otra vez

Política

Desde los tiempos en los que Fraga era el líder de la oposición, y de forma periódica la derecha, o las derechas han ofrecido como argumento fundamental para enfrentarse a la izquierda el supuesto peligro por la llegada inminente del apocalipsis. Todavía podemos recordar las intervenciones del político gallego en el Congreso ofreciéndonos el panorama negro que se avecinaba con esta u otra medida aprobada por las Cortes y/o por el Gobierno socialista.

 

La llegada del apocalipsis se aplazó durante ocho años gracias a un Gobierno conservador del Partido Popular, primero gracias a los nacionalistas catalanes y luego por méritos propios con mayoría absoluta. Los españoles pudimos respirar tranquilos porque se había conjurado el primer peligro, representado por González y Guerra. Pero la vida es tremenda, y ¡zas!, cuando íbamos a seguir otros cuatro años por la senda del buen camino regresaron los socialistas. Claro, volvieron por los terroristas fueran quienes fueran. Con ellos regresó el apocalipsis a nuestras vidas, y muy especialmente a cuenta de ETA, la memoria histórica y la educación para la ciudadanía. España volvía a estar en peligro inminente, y la derecha se lanzó a la calle para denunciar la peligrosa deriva de un radical muy educado, pero radical, a fin de cuentas, que nos iba a llevar, de nuevo, ¡ay, Señor!, al abismo del apocalipsis. Además, ahora se podían casar los gays y adoptar niños y la familia, pilar fundamental de la civilización occidental y de España, porque deben ustedes recordar que Occidente y la Cristiandad siempre han tenido a España como uno de sus pilares fundamentales. Entonces la Iglesia y la multitud de foros por la familia que se crearon salieron también a la calle. En todo caso, luego los señores gays de la derecha terminaron casándose porque el amor todo lo puede, hasta puede con la patria, algo parecido como con el divorcio en tiempos de Fernández Ordoñez y luego del propio Zapatero. Una cosa es atacar a la izquierda antiespañola y otra aguantar en casa broncas y demás. Total, que ¡abajo Zapatero!, como antes ¡abajo Fernández Ordoñez!, pero en el juzgado me divorcio.

Pues bien, afortunadamente volvimos a contar con una nueva Administración popular que nos salvó de la crisis a golpe de aumentar la brecha de la desigualdad, y de ver como los que siempre tienen que tener el poder, hasta arreglaban su propia sede de una forma, digamos, imaginativa. En todo caso, salvar a España de los “rojos” bien vale mirar a otro lado de la Gürtel, o de permitir que se gaste el dinero público en perseguir tesoreros o generar una policía patriótica. En realidad, un buen español que se precie debe tolerar todas estas menudencias para que España no peligre.

Y llegan los nacionalistas del otro lado que, imaginativos ellos, como los otros, sacaron del armario los viejos agravios, ya un poco marchitos y apolillados, pero que pasados por el tinte valían para justificar que usted tenía que pasarse más meses en una lista de espera de un hospital público de Barcelona. Pero los nacionalistas de todo lugar se necesitan como imanes y los catalanistas provocaron con la chapuza del procés que la España eterna, pero un poco dormida, se alzase de nuevo agitando las banderas más grandes del mundo mundial en Colón (si Colón levantara la cabeza y sus descendientes también después de todo lo que batallaron con la Monarquía por sus derechos) para, de nuevo, intentar salvarnos.

Pero, aunque el 155 pudo frenar por un tiempo a la anti-España, la llegada de una nueva Administración socialista y con el concurso de los comunistas, esos que en el pasado habían intentado establecer los soviets en la tierra patria, lo volvió a desbaratar todo. Y se sacó el arsenal, con ETA incluida, el comodín que sirve para un roto y un descosido, y, por fin, hasta se unieron la derecha clásica con la neofascista para dar el salto final, ya que la etapa reina ya había sido ganada en las municipales y autonómicas. La ebriedad de acariciar a las pocas semanas el triunfo absoluto hizo que no se escondieran las vergüenzas extremistas de unos y de los otros, porque, ya todo estaba hecho, y ya volveríamos a la grandeza imperial de siempre, y España volvería con todo su esplendor. Pero, ¡vaya, por Dios! este pueblo español no tiene vergüenza y no les permitió alcanzar el poder, y se agudizó la anti-España con la amnistía, y con las investiduras (esto me recuerda a la querella de las investiduras en la Edad Media), y con Junts, y con los otros, y con el señor de Waterloo, etc. Y salieron a la calle, ¡menos mal!, porque España merece todos los sacrificios del mundo, merece que se libere a los más ricos de los impuestos, que se deterioren los servicios públicos, especialmente la enseñanza y la educación, etc, porque eso no es la patria, pero si nos paramos a pensar, no sabemos qué es la patria para las derechas, quizás símbolos, marchas reales, aunque para algunos el rey es ya malo porque no se ha impuesto, porque ya sabemos que la Constitución sirve para unas cosas pero no para otras. La patria es llorar ante las cámaras de televisión o insultar, o gritar, mientras una señora de setenta años tiene que esperar más meses para ser operada. ¡Menos mal, que seguimos teniendo salvadores de la patria!

Y, así pues, otra vez, el apocalipsis, en una suerte de cansina repetición, como si el año 1000 estuviera siempre a la esquina (¿será la derecha milenarista?), y así llevamos desde los años ochenta o más, mucho más, desde los tiempos de Alfonso XIII, seguramente. Eso sí, esto pasará, como siempre, y dentro de unos años, cuando la derecha necesite los votos de esos hoy tan malos pues se buscará una solución para pactar con ellos, pero eso se hará, como no podía ser de otra manera, por España.

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